Xataka – He viajado en taxi autónomo y un dron me ha traído el bubble tea: así es un jueves cualquiera en Shenzhen
Cuesta creer que hace apenas cuatro décadas Shenzhen era un pueblo de pescadores, especialmente cuando miras sus enormes avenidas montada en un taxi autónomo. Resulta aún más increíble cuando escuchas el zumbido del dron que viene a entregarte el bubble tea que acabas de pedir. Esto, que puede sonarnos a distopía futurista, es un jueves cualquiera en la capital tecnológica de China.
Estuve en China para el lanzamiento del OPPO Find X9 Ultra y mi primera parada fue Shenzhen. Hace unos meses escribí un artículo sobre lo que el gobierno chino llama «economía de baja altitud», que engloba distintos usos comerciales de drones en las ciudades, uno de ellos es el reparto de comida. Sabía que en Shenzhen existía este servicio, así que lo primero que hice nada más llegar fue enterarme de cómo podía hacer un pedido. Para rematar esta tarde tan tecnológica, aproveché para probar un taxi autónomo. Así fue mi experiencia.
Un paseo en taxi autónomo por Shenzhen
El reparto con drones está disponible en varios puntos de la ciudad en una especie de quioscos o ‘lockers’, por lo que lo primero que tuve que hacer fue desplazarme a uno de estos puntos. Y qué mejor que hacerlo en un taxi autónomo.

Los robotaxis que operan en la ciudad de Shenzhen son de la empresa Pony.ai y ofrecen conducción autónoma de nivel 4, es decir, que funcionan totalmente sin conductor. El primer obstáculo con el que me encontré fue que necesitaba un número de teléfono chino para poder pedirlo, menos mal que una persona de la agencia de viajes tenía la app PonyPilot+ y se ofreció a ayudarme. El robotaxi tardó apenas cinco minutos en llegar y tenía por delante un trayecto de 30 minutos.

Para que nadie interfiera con la conducción, el asiento del piloto está protegido por una mampara transparente. Por supuesto no pueden faltar las pantallas, una en la parte delantera y otra en la trasera, ni las cámaras en el interior. Con las puertas cerradas y el cinturón de seguridad abrochado, pulsé en ‘start ride’ y comenzó el viaje.
Nunca me había subido en un coche autónomo, por lo que no sabía si me sentiría incómoda o extraña. La conducción es muy suave, precisa y se siente completamente integrado en el denso tráfico de Shenzhen, por lo que al poco de empezar el viaje se disipó cualquier duda que pudiera tener.
La principal diferencia con un taxista humano, además de esa conducción tan precisa, es la velocidad. Sin ser excesivamente lento, el robotaxi se mueve a una velocidad prudente, respetando escrupulosamente el límite de velocidad y la distancia de seguridad. La otra diferencia es que si se te cruza de repente un coche (que sucedió), no se escucha un claxon ni un insulto hacia el infractor. Simplemente reduce la marcha, le deja pasar, y sigue a lo suyo.

Si no tocamos nada, en la pantalla vemos la detección del entorno mientras el coche conduce. Desde aquí también podemos ver la vista general del trayecto y controlar varios aspectos del vehículo, como la climatización, la música o incluso mover el asiento del copiloto si queremos ir más anchos.

Cuando llegué al destino, el coche buscó un hueco en el que parar y en la pantalla apareció un aviso indicando que bajara por la derecha. Además, hay un botón que permite mover la posición del coche si por ejemplo nos ha dejado al lado de un charco y no queremos mojarnos. En Shenzhen suele llover y de hecho ese día llovió, por lo que es un detalle interesante.
El bubble tea volador
Como decía, mi destino era uno de los quioscos de entrega con drones de Meituan, la app de delivery más popular de China. Al estar lloviendo tuve dudas de si el servicio estaría operativo, pero nada más bajarme del robotaxi vi un dron sobrevolando el parque portando una caja amarilla. Según me dijeron, la lluvia no es problema, pero el viento sí que suele provocar interrupciones del servicio.

Junto al quiosco de entrega teníamos un cartel con el QR para hacer el pedido y los restaurantes asociados a este servicio (porque no, no puedes pedir cualquier cosa). Aquí también hacía falta un número de teléfono chino, así que necesité ayuda como con el taxi. En este caso lo gestionamos todo a través de WeChat, por lo que no vi como hizo el pedido, pero sí puedo deciros que desde Meituan se puede pedir literalmente de todo, desde comida hasta concertar una cita con el dentista.
Lo primero que me llamó la atención es que había cola. Tenía unas cinco personas delante esperando sus pedidos y todos tenían pinta de ser curiosos que, como yo, querían poner a prueba esto del reparto con drones.
La entrega se hace con precisión milimétrica y no hubo ni una sola incidencia en los pedidos que llegaron. El dron llega y se coloca justo encima del quiosco, que abre la parte superior para recibir el paquete, y baja en una línea recta perfecta para depositarlo en el interior. Pasados unos segundos, en la pantalla nos pide un pin de cuatro dígitos y se abre la puerta para que podamos recoger nuestro pedido.

Todos los pedidos llegan en el mismo embalaje; una caja amarilla y blanca cuadrada de plástico duro y cuyo cierre es de velcro. Una vez hemos sacado el pedido de dentro, hay que desmontar la caja y aplanarla para poder introducirla en el contenedor que hay junto al quiosco.
Los pedidos tardan 25 minutos en llegar a esa ubicación, por lo que entre unas cosas y otras, me pasé un buen rato allí. Sólo tenía cinco personas delante y era un día lluvioso, pero me comentaron que en días con mejor clima las colas son bastante más largas y, aunque el tiempo empieza a contar desde que haces el pedido, hubo un momento en el que se juntaron dos entregas y uno de los drones tuvo que quedarse esperando unos minutos. En el punto donde está el quiosco no hay cafeterías, pero justo al lado hay un centro comercial al que puedes llegar en menos de 10 minutos caminando. Es decir, que si tienes prisa no es la mejor opción.
La realidad no es tan futurista (de momento)
Cuando escribí aquel artículo sobre los drones, me imaginé una Shenzhen en la que mirabas al cielo y los drones de reparto eran algo habitual. La realidad es que a día de hoy siguen siendo una rareza, casi una atracción turística más que algo que usa la gente de la ciudad en el día a día. Lo que sí se ve (y mucho) son los repartidores en bicicleta y motos eléctricas. También vi unos cuantos robotaxis en las calles de Shenzhen, pero si lo comparo con los taxis tradicionales de apps como Didi, son claramente una minoría casi irrisoria.
La pregunta que surge ante este tipo de sistemas autónomos es si terminarán por sustituir a los trabajadores. La tecnología ya la tienen y funciona con una precisión casi quirúrgica, el reto es el volumen. En China se reparten 5.400 paquetes por segundo y en 2023 había más de 6 millones de taxis. Esto no quiere decir que el reemplazo no vaya a producirse, pero dudo que sea total y sobre todo que sea rápido.
Para terminar, os cuento lo que me costó todo. Pagué 106 yuanes por una carrera de media hora en robotaxi y tres bubble tea, que al cambio son 13,20 euros.
Imágenes | Amparo Babiloni, Xataka
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La noticia
He viajado en taxi autónomo y un dron me ha traído el bubble tea: así es un jueves cualquiera en Shenzhen
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Xataka
por
Amparo Babiloni
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