Xataka – En 2009, 23 bisontes llegaron a México metidos en un camión. Hoy ya son más de 500: la historia de conservación más ambiciosa del desierto norteamericano
En 2009, veintitrés bisontes salieron del Wind Cave National Park, en Dakota del Sur, con destino al norte de Chihuahua. Los bisontes nunca habían desaparecido de México, pero les faltaba poco. Apenas quedaba un hatillo silvestre que cruzaba la frontera con Nuevo México de vez en cuando.
Diecisiete años después, la Reserva de la Biosfera de Janos ya no tiene 23 ejemplares, sino más de 460. México en su conjunto, acumula más 600 repartidos en tres poblaciones (con una cuarta ya en marcha). En resumen: no es una historia más.
Es la historia de conservación más ambiciosa del desierto norteamericano.
El desierto recuperándose a sí mismo. Cuando el 27 de noviembre de 2025 se liberaron 44 bisontes (38 hembras y 6 machos) en la Reserva El Santuario, a pocos kilómetros de Cuatro Ciénegas de Carranza, nadie se imaginaba que solo harían falta nueve meses para que rebrotaran los pastos, volvieran los escarabajos peloteros, detectáramos pumas, linces y pecaríes en las cámaras trampa o que nacieran ocho crías de bisonte. Esa «es» la noticia: el desierto está recuperándose rapidísimamente.
De hecho, según los investigadores, «teníamos monitoreando cinco años ese espacio y el día uno que llegó el bisonte, apareció inmediatamente el puma». No es magia, es pura conservación; pero sobre el papel… se parece mucho.
Tanto que merece la pena ser prudentes. Sabemos (y muy bien) que un megaherbívoro transforma el pastizal del sitio en el que vive. En el Konza Prairie de Kansas lo llevan estudiando más de treinta años: reintroducir el bisonte provoca que la diversidad de plantas nativas se duplique y, ojo, supuso la mejor defensa para una de las peores sequías que se recuerdan en las Grandes Llanuras.
Pero esa es también la trampa: si algo hemos aprendido de Kansas es que los ecosistemas tardan en encajar de nuevo. Los pastos altos de Konza Prairie no tienen nada que ver con el matorral xerófilo de Chihuahua. Nadie sabe qué va a pasar y celebrar los primeros nueve meses está bien, pero es precipitado.
El gran problema. No obstante, el problema es otro. No hemos empezado este artículo por los 23 bisontes de Wind Cave por casualidad: un equipo encabezado por Domínguez-Viveros genotipó 174 animales y se dio cuenta de que la población es demasiado parecida a nivel genético. Todo el edificio de la reintroducción del bisonte viene de esos 23 y si no se toman medidas, los problemas de consanguinidad aumentan a razón de un 4% con cada generación. Es más, la IUNC la sigue catalogando como especie ‘casi amenazada’: en cualquier momento, puede tener serios problemas.
Y, más allá de eso, hay muchos más problemas. El caso de Cuatro Ciénegas es un caso paradigmático de que el bisonte es lo de menos: no hablamos de un pastizal, sino de un sistema de manantiales y pozas que, desde 1987, lleva siendo sangrado por los agricultores locales (y está a punto del colapso). La laguna de Churince se secó por completo hace no demasiado.
No es que la zona no sea ecológicamente importante. Solo en especies endémicas se cuentan: 23 taxones vegetales, 9 peces, 10 moluscos y 6 crustáceos. Peor nada de eso es realmente llamativo.
Ahí es donde, curiosamente, entra el bisonte. La historia nunca ha sido que un megaherbívoro ha reparado el desierto. Sino que, un megaherbívoro puede actuar como escudo simbólico de un ecosistema valiosísimo que no dejamos de hostigar.
A menudo, criticamos la idea de que las especies ‘estrella’ (porque se llevan toda la atención). Pero este es un uso muy creativo de todo esto porque si triunfa la imagen icónica del bisonte, la presión por conservar Cuatro Ciénegas será mucho más alta. Y eso sí que sí, será una buena noticia.
Imagen | Yohan Marion
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La noticia
En 2009, 23 bisontes llegaron a México metidos en un camión. Hoy ya son más de 500: la historia de conservación más ambiciosa del desierto norteamericano
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por
Javier Jiménez
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