Xataka – El número de turistas a la Antártida se ha disparado 1.000% en 30 años. Hay quien cree que el auténtico boom aún no ha llegado
La crisis del hantavirus ha servido para que, al menos durante unos días, gran parte del planeta rememorase el COVID-19 y lo expuesto que está un mundo hiperconectado y de clima cambiante a la expansión de las pandemias. También (aunque fuese de refilón) para recordar un fenómeno que lleva años ganando fuerza de forma silenciosa, discreta, pero contundente: la explotación turística de la Antártida. El MV Hondius se promocionaba como un crucero a destinos remotos con salida desde Ushuaia, punto de partida también de la inmensa mayoría de barcos que viajan al polo austral.
El interés en la Antártida de la naviera del MV Hondius (Oceanwide Expeditions) no es casualidad. Cada vez hay más señales que sugieren que el polo está convirtiéndose en un activo turístico importante… y (sobre todo) en alza.
Un porcentaje: 1.120%. La Antártida quizás sea uno de los lugares más remotos del planeta, pero eso no la ha dejado fuera del radar de la turistificación. Al contrario. Desde hace tiempo los datos de IAATO, la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida, muestran que la región nunca ha estado tan concurrida. Los balances anuales pueden registrar ligeras fluctuaciones, pero la curva que dibujan cuando se abre el foco y analizan las últimas tres décadas muestra la creciente popularidad del destino.
La última prueba la ha aportado La Vanguardia en un artículo en el que deja botando un dato clave: durante la temporada de 2024 visitaron el continente más de 122.000 personas, lo que supone un aumento del 1.120% con respecto a hace 30 años, cuando las estadísticas no pasaban de las 10.00 visitas.
¿Hay más datos? Sí. Para ser más precisos, el último balance de IAATO muestra que si en la temporada 1993-94 el número de pasajeros desembarcados apenas llegaba a 8.000, en 2013-14 pasaba ya de 27.700 y en 2023-24 rozaba los 78.900. En paralelo ha ido aumentando también el número de quienes solo viajan en cruceros, sin pisar tierra. Si en 2013-14 rodaban las 9.700 personas, la pasada temporada pasaban de 43.200.
De cara a la temporada 2024-2025 el organismo calcula un ligero descenso en el número de viajeros que no se bajan del barco y un aumento de quiénes sí lo hacen. Los primeros se quedarían en 36.769, los segundos en 80.434. A ellos se añaden 938 visitantes “de campo profundo”, como denomina a aquellos que vuelan al interior de la región o se suben a un barco para explorar la Península Antártica o las islas.
EEUU, el gran mercado. Las estadísticas de IAATO permiten ir más allá y analizar por ejemplo las nacionalidades de los viajeros que recalan en la Antártida. En cabeza se sitúan los estadounidenses, con el 44,6% en 2023-24, seguidos de lejos por australianos y chinos, que se llevan cada uno casi el 8% del pastel. Destacan también los británicos, canadienses, alemanes, argentinos y brasileños, aunque IAATO ha identificado visitantes de más de 200 nacionalidades.
En cuanto a lo que hacen allí, la inmensa mayoría (98%) de los viajes turísticos se centran en la Península Antártica durante la temporada de verano austral y parten de Ushuaia, al sur de Argentina. Entre las actividades que se les ofrecen al llegar se incluyen viajes en zodiac, desembarcos y (más raro) travesías en kayak, escalada o pasar la noche.

Gráfico de IAATO con el flujo de visitantes entre 1993 y 2002.

Gráfico de IAATO con el flujo de visitantes entre 2011 y 2024.
Mirando al futuro. El flujo de turistas quizás se haya disparado en las últimas décadas, pero podría quedarse corto en los próximos años. Al menos así lo creen los investigadores que acaban de publicar un estudio sobre “gestión turística de la Antártida” en Journal of Sustainable Tourism. En él el equipo dirigido por la doctora Valeria Senigaglia desliza dos datos.
Primero, constata el boom de visitantes en los últimos 30 años: de menos de 8.000 en el 93/34 a más de 120.000 en la temporada 2023/24. Segundo, advierte que si no se replantea el modelo, el número de turistas podría cuadriplicarse en la próxima década hasta alcanzar casi el medio millón de personas anuales.
«Si el número de visitantes crece a la tasa de crecimiento anual media registrada entre la temporada 1992-1993 y la temporada 2023-2024 (una tasa de crecimiento anual constante del 14,0%), se espera que el número total de visitantes casi se cuadruplique en 10 años, alcanzando aproximadamente los 452.000 en la temporada 2033-2034», precisa el paper, que recuerda además que aproximadamente el 65% de los más de 120.000 turistas que actualmente realizan cruceros a la Antártida viajan en buques que permiten el desembarco, operaciones que suelen concentrarse en los mismos puntos.
Una huella invisible. Que la Antártida despierte curiosidad y haya gente que quiera conocerla o incluso visitarla no es, a priori, nada malo. El problema, como advierten los autores del informe, es el impacto que ese creciente flujo de turistas puede tener en un ecosistema especialmente frágil.
Aunque se cuiden todos los detalles durante los desembarcos e IAATO exija a los turistas que no toquen ni alimenten a la fauna local o dañen las plantas, su presencia entraña ciertos riesgos medioambientales. Por ejemplo, Elie Poulin, de la Universidad de Chile, advierte en La Vanguardia que el turismo puede propagar sin pretenderlo especies exóticas. Llega con que alguien las transporte sin saberlo.
«Degradación generalizada». «Los riesgos son reales. Una especie invasora de césped se ha establecido en una de las Islas Shetland del Sur de la Antártida, mientras que la gripe aviar llegó a las Islas Subantárticas, donde ha tenido un efecto devastador en la población de focas», advertía hace ya tiempo Dana Bergstrom experta en ecología antártica. Eso sin contar con la huella ambiental que deja el tráfico de los cruceros o el desembarco frecuente en ciertas zonas.
«Una de las principales preocupaciones es que los impactos acumulativos del turismo interactúen con las alteraciones de los patrones meteorológicos, el deshielo, las corrientes oceánicas y el ciclo de nutrientes provocadas por el cambio climático, lo que dará lugar a una degradación generalizada del hábitat y a una disminución de las poblaciones y la diversidad de la fauna silvestre», insiste Senigaglia.
¿Revisar las pautas? La realidad es que visitar la Antártida sigue sin ser igual que viajar a cualquier otro destino turístico del planeta. Desde 1991 existe un protocolo de protección del medio ambiente de la Antártida que le designa como «reserva natural» y se aplican ciertas normas para proteger el entorno. Las pautas de la IAATO regulan además la frecuencia, duración y el número de visitantes que pueden llegar al lugar, estableciendo un límite al número de personas que pueden desembarcar de forma simultánea.
La clave, como deslizan Senigaglia y sus colegas, es si ha llegado el momento de ir un paso más allá. «Para gestionar el turismo de forma sostenible necesitamos operar a diferentes niveles. Necesitamos regulaciones y directrices específicas para cada lugar, pero este no puede ser el único método», reivindica la experta, quien confía en que su estudio «sirva de base» para que las partes consultivas del Tratado Antártico creen «un marco turístico que no solo gestione el número de visitantes, sino que también preserve el valor de la Antártida para generaciones futuras».
Imágenes | Freysteinn G. Jonsson (Unsplash) e IAATO
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La noticia
El número de turistas a la Antártida se ha disparado 1.000% en 30 años. Hay quien cree que el auténtico boom aún no ha llegado
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Carlos Prego
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