Xataka – Pensábamos que Tinder y las redes sociales nos habían hecho más infieles: la psicología tiene una explicación mucho más incómoda

Pensábamos que Tinder y las redes sociales nos habían hecho más infieles: la psicología tiene una explicación mucho más incómoda

Un olor nuevo que no identificas, un poco de carmín en la camisa o una pequeña marca en el cuello era suficiente para saber que tu pareja no se había ido con sus amigos a por unas cervezas. O tal vez sí. No obstante, ahora la mirada se clava en el momento en que recibe una notificación y le da la vuelta al móvil, o cuando descubres que sus historiales de chat están vacíos. Según datos de un portal de psicología, el 30% de las rupturas de pareja actuales ya incluyen algún componente digital como factor desencadenante.

Sin embargo, la tesis central que defiende la psicología moderna es otra: la traición es mucho más antigua que la cultura de las celebridades, los smartphones o las redes sociales. La tecnología no inventó la infidelidad; simplemente alteró su velocidad, su escala y, sobre todo, su visibilidad.

La difuminación de las líneas

El concepto mismo de infidelidad se ha vuelto tan ambiguo que a menudo cuesta definirlo. Hoy navegamos por las aguas del micro-cheating (microengaños), que incluyen conductas sutiles como guardar números en la agenda con nombres falsos, reaccionar constantemente a historias de Instagram de terceros o mantener perfiles activos en apps de citas «solo por mirar». Estas dinámicas facilitan una doble vida digital que erosiona silenciosamente la confianza. De hecho, estas conductas relacionadas con la infidelidad en redes sociales (conocidas académicamente como SMIRB) pueden llegar a crear una peligrosa distracción, haciendo que el infiel experimente una falsa sensación de satisfacción vital mientras destruye su relación principal.

La psicóloga clínica Rita Figueiredo, citada por Wired, explica que vivimos en la era del «secreto paradójico». Las personas mantienen conexiones paralelas que son profundamente íntimas en lo emocional, pero logran convencerse a sí mismas de que no cuentan como infidelidad simplemente porque no compartieron la misma habitación física.

Pero la tecnología ha cruzado una frontera aún más inquietante: el engaño no humano. Tal y como hemos documentado en Xataka, están aumentando las peticiones de divorcio en las que el motivo de ruptura es el uso de chatbots de Inteligencia Artificial. Las personas están desarrollando vínculos románticos e intensos con IAs conversacionales, y el impacto es real: encuestas recientes apuntan a que el 64% de los usuarios considera que esta intimidad artificial es, a todos los efectos, una forma de infidelidad.

Pero, ¿qué nos empuja a engañar?

Si las aplicaciones no son las creadoras de la infidelidad, ¿qué nos empuja a hacerlo? La psicoterapeuta Esther Perel señala que la «ilusión de la alternativa» es clave: las personas no engañan únicamente porque sean infelices, sino porque creen que podrían ser más felices. La tecnología ha creado un zumbido de fondo constante de opciones; en internet, la hierba siempre parece más verde.

A esto se le suman profundas carencias emocionales. Según explican en el Instituto Americano de Profesionales de la Salud (AIHCP), la infidelidad a menudo comienza por una baja autoestima y una necesidad desesperada de validación externa. Esta búsqueda de aplauso se cruza peligrosamente con personalidades marcadas por la llamada «Tríada Oscura». La investigación revela que los individuos con altos rasgos de narcisismo, maquiavelismo y psicopatía tienen mayores probabilidades de buscar sexo casual y cometer infidelidades de forma oportunista a través de apps de citas. 

Si a este cóctel de personalidad le sumamos la herencia familiar, el riesgo se dispara: estudios como el publicado en International Association of Marriage and Family Counselors demuestran que tener antecedentes de infidelidad por parte de los padres y poseer un estilo de apego evitativo aumentan significativamente las intenciones de ser infiel. 

Sin embargo, el camino hacia la traición no es igual para todos. La ciencia ha demostrado que el proceso de toma de decisiones difiere drásticamente según el género. Los hombres tienden a separar el sexo del amor y suelen caer en la infidelidad a través de un proceso de «justificación progresiva», donde pequeñas cesiones morales se acumulan como una bola de nieve. Por el contrario, la decisión en las mujeres es mucho más compleja, estratégica y no lineal. Involucra una fuerte racionalización interna y, en muchas ocasiones, utilizan la aventura amorosa como un mecanismo para recuperar el poder, la agencia y la autonomía dentro de relaciones controladoras o asfixiantes.

Consecuencias más allá del dolor

El impacto de ser engañado no se limita a la tristeza o a la ruptura; la ciencia demuestra que genera un trauma real. Un estudio publicado en Stress and Health por Lydia G. Roos revela que hasta un 45,2% de los jóvenes adultos no casados que sufren una infidelidad muestran síntomas que sugieren un probable Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).

Esta sintomatología es severa. Psicológicamente, se cataloga como una «lesión de apego», una ruptura tan profunda que destruye la sensación de seguridad y confianza de la víctima, asimilándose al trauma de un niño separado de su figura de cuidado. Los expertos argumentan que la traición romántica debe ser tratada clínicamente, ya que las víctimas experimentan hipervigilancia, pensamientos intrusivos, evitación sistemática y una volatilidad emocional incontrolable.

La gravedad de estos síntomas es tal, que la psicología moderna está recurriendo a terapias diseñadas originalmente para veteranos de guerra y víctimas de agresiones graves, como el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares). Esta terapia ayuda a los pacientes a procesar las imágenes intrusivas del engaño y a desactivar la respuesta de alerta extrema de su sistema nervioso.

Aquí es donde entra el gran agravante digital. A diferencia de la infidelidad tradicional, donde la víctima asimila una confesión verbal, la infidelidad digital deja pruebas explícitas y releíbles: capturas de pantalla, fotografías ocultas y ubicaciones de GPS. Esto genera una hipervigilancia patológica en la pareja traicionada, la cual sufre un daño constante y re-traumatizante al monitorizar compulsivamente los dispositivos del otro.

La industria de los celos y el rastro de los metadatos

La exposición digital ha convertido la vigilancia en un espectáculo y en una rutina tóxica muy lucrativa. Vivimos en un ecosistema donde la privacidad es una mera ilusión y la tecnología doméstica se ha convertido en un detective sentimental de bolsillo. Como detallé hace unos meses, hoy existen herramientas espeluznantes como Cheater Buster, una app que, por apenas 18 euros, utiliza Inteligencia Artificial de reconocimiento facial para rastrear los perfiles de Tinder y confirmar si tu pareja está activa, esquivando nombres falsos o alias.

Esto nos aboca a un dilema ético sin precedentes. Según datos globales de la asociación de auditoría ISACA, más del 60% de los usuarios están dispuestos a sacrificar su privacidad a cambio de «transparencia», lo que ha terminado por normalizar prácticas de espionaje (consentido o no) en el seno de la pareja.

A nivel clínico, el reto terapéutico en esta era conectada es monumental. Recuperar la confianza tras una infidelidad digital es un proceso extenuante que requiere entre 18 y 24 meses de trabajo consciente. El objetivo de la terapia de pareja actual no es solo sanar el engaño, sino establecer límites digitales saludables, evitando que la tecnología se convierta en una herramienta de castigo perpetuo.

Como resume de forma contundente el sociólogo Toby Paton, director del documental de Netflix sobre el famoso hackeo a Ashley Madison: «La infidelidad no la inventó internet, pero la hizo cuantificable. Hoy, el engaño deja metadatos».

Frente a la constante pregunta de cómo protegernos en un mundo de opciones ilimitadas, la ciencia ofrece una respuesta que resulta tan simple como poco satisfactoria para quienes buscan garantías absolutas. La verdadera protección contra la infidelidad no se basa en el estatus, en la belleza, ni mucho menos en pagar a una IA para rastrear rostros a escondidas. La única seguridad real se construye a través de límites explícitos, expectativas compartidas y conversaciones increíblemente difíciles que la gran mayoría de las parejas nunca se atreven a tener… Hasta que ya es demasiado tarde.

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Pensábamos que Tinder y las redes sociales nos habían hecho más infieles: la psicología tiene una explicación mucho más incómoda

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Alba Otero

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