Xataka – Los “Slaughterbots” ya no son ciencia ficción en Ucrania. Los rusos llevan máscaras para eludir al dron que apunta a las cabezas
Unos años antes del inicio de la guerra en Ucrania, un profesor de informática de Berkeley presentó en la ONU un corto llamado “Slaughterbots”, una pieza donde pequeños drones con reconocimiento facial perseguían personas de forma autónoma. Muchos lo vieron entonces como otra exageración tecnológica al estilo de la serie de Black Mirror.
Pocos años después el corto… se ha quedado corto.
Drones que buscan tanques, buscan personas. Durante buena parte de la guerra de Ucrania, los drones fueron vistos como un arma de apoyo destinada a destruir blindados, corregir fuego de artillería o vigilar movimientos enemigos. Esa fase ha ido desapareciendo rápidamente. Lo que ahora está emergiendo es algo mucho más inquietante: drones baratos, producidos por millones, diseñados específicamente para perseguir y matar soldados de forma individual.
Contaban en Forbes que los propios canales militares rusos están alertando de FPV ucranianos equipados con visión térmica, sistemas de reconocimiento y municiones capaces de disparar proyectiles explosivos a distancia directamente contra un cuerpo humano. El detalle que más miedo está generando no es el arma en sí, sino la posibilidad de que estos drones ya estén aprendiendo a identificar dónde golpear para maximizar la letalidad. La idea de pequeños aparatos autónomos “cazando” personas concretas ya no pertenece a las distopías tecnológicas ni a los vídeos virales de YouTube: empieza a formar parte de la rutina del frente.
Una gigantesca zona de caza aérea. La consecuencia más profunda de esta revolución es que enormes partes del frente se han transformado en “kill zones”, esos corredores donde cualquier movimiento humano puede ser detectado y destruido desde el aire en cuestión de minutos. Ucrania ha perfeccionado especialmente este modelo alrededor de ciudades como Kostyantynivka o Chasiv Yar, donde pequeños grupos rusos son identificados mucho antes de acercarse a las líneas defensivas.
El resultado ha sido devastador para las doctrinas clásicas rusas: las grandes columnas blindadas y los asaltos mecanizados se han vuelto demasiado visibles y vulnerables. En respuesta, Moscú está intentando crear sus propios “corredores de drones”, infiltrando pequeños equipos de operadores que se esconden en sótanos, edificios destruidos o líneas de árboles para construir burbujas temporales de dominio aéreo local. Dicho de otra forma, la guerra ya no consiste únicamente en controlar el terreno, consiste en controlar el cielo a apenas unos metros sobre la cabeza de cada soldado.
El verdadero salto tecnológico. Lo más importante de estos nuevos sistemas no es el tamaño de la carga explosiva, sino la inteligencia que empieza a guiarlos. Muchos FPV ucranianos ya integran módulos de autonomía capaces de continuar el ataque incluso cuando el operador pierde señal por interferencias electrónicas. Empresas occidentales y desarrolladores civiles han creado kits relativamente baratos que convierten drones comerciales en municiones inteligentes capaces de fijar objetivos y perseguirlos automáticamente.
Hasta hace poco esa autonomía se utilizaba principalmente contra vehículos; ahora el foco se desplaza hacia la infantería. Algunos modelos emplean cargas EFP, proyectiles explosivos formados que no necesitan impactar directamente para atravesar protección y matar al objetivo desde cierta distancia. Eso elimina muchas de las defensas improvisadas que habían proliferado en el frente, desde redes metálicas hasta las famosas “turtle tanks” rusas. El problema para los soldados es que esconderse ya no garantiza supervivencia: el dron puede seguir observando, esperar el momento exacto y atacar cuando detecta vulnerabilidad.
Los “Slaughterbots” dejaron de parecer exagerados. Lo decíamos al inicio, en 2017 el profesor Stuart Russell lanzó el cortometraje “Slaughterbots” como advertencia sobre drones autónomos con reconocimiento facial capaces de asesinar personas concretas. En aquel momento parecía una exageración futurista pensada para abrir debates éticos sobre inteligencia artificial militar. Nueve años después, los paralelismos empiezan a ser incómodos incluso para quienes combaten sobre el terreno.
Los soldados rusos desarrollan contramedidas que parecen sacadas de una película de ciencia ficción: usar máscaras para confundir sistemas de reconocimiento, lanzar cascos como señuelos, ocultar la cabeza detrás de obstáculos o permanecer completamente inmóviles para evitar seguimiento térmico. La obsesión refleja un cambio psicológico enorme. Durante siglos, un soldado podía intentar protegerse del fuego enemigo utilizando cobertura, blindaje o distancia. Ahora muchos combatientes sienten que existe una cámara observándolos permanentemente desde arriba, capaz de decidir cuándo atacar y posiblemente dónde hacerlo para asegurar la muerte.
La batalla industrial y algorítmica. El gran temor ruso es que Ucrania consiga combinar producción masiva, autonomía y precisión en una escala inédita. Kiev pretende fabricar millones de FPV al año, y eso cambia completamente las matemáticas del combate. Si un dron relativamente barato puede perseguir soldados con tasas de impacto cercanas al 80%, el desgaste humano empieza a adquirir dimensiones industriales. Por eso Rusia intenta desesperadamente construir sus propios corredores de drones, desplegar interceptores y saturar el espacio aéreo local antes de mover tropas mayores.
Sin embargo, Ucrania mantiene ventaja tanto en cantidad como en sofisticación tecnológica, especialmente en ópticas, navegación autónoma e interceptación aérea. Lo que se está viendo en el Donbás no es simplemente una evolución táctica de la guerra de drones: es más bien el nacimiento de una nueva forma de combate donde miles de máquinas semiautónomas compiten continuamente por detectar, perseguir y eliminar seres humanos individuales.
Y lo más inquietante es que esta transformación apenas está empezando.
Imagen | Defense Ukraine
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Los “Slaughterbots” ya no son ciencia ficción en Ucrania. Los rusos llevan máscaras para eludir al dron que apunta a las cabezas
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Miguel Jorge
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