Xataka – Lo que Carl Jung puede enseñarnos sobre envejecer bien: «Deberíamos saber que hay un proceso interno e implacable que fuerza a restringir su vida»

Lo que Carl Jung puede enseñarnos sobre envejecer bien: "Deberíamos saber que hay un proceso interno e implacable que fuerza a restringir su vida"

Desde hace tiempo, hay una frase de Carl Gustav Jung sobre la vejez que no deja de aparecer una y otra vez: que quien envejece debería saber que su vida ya no crece ni se ensancha, que hay «un proceso interno e implacable que fuerza a restringir su vida«. Suena a taza de desayuno (si los fabricantes de tazas de desayuno tuvieran cierta tirria a la tercera edad) y a frase de autoayuda falsa que circula bajo firma ilustre. Pero no. Por una vez, es suya.

Paradójicamente, que sea de Jung no es garantía de nada. Por mucho cariño que le tengamos al viejo suizo, sigue siendo verdad que fue a casi todos los efectos un charlatán de intuición prodigiosa; pero charlatán al fin y al cabo. Un erudito esotérico cuyas teorías extienden cheques que la evidencia empírica no suele ser capaz de pagar. 

Y esto es un buen ejemplo de sus limitaciones: durante décadas la psicología ha vuelto obsesivamente a esa idea (que, con los años, la vida social se encoge) y ha acabado dándole la razón en todo, menos en lo importante: y es que no es la edad lo que estrecha la vida, es el tiempo que creemos que nos queda.

¿Qué dijo exactamente Jung? La frase sale de ‘Die Lebenswende’, un ensayo que Jung presentó en 1930 y que, tras revisarlo a conciencia, acabó publicando en ‘Seelenprobleme der Gegenwart‘ en 1931. Tenía 54 años y, desde hace tiempo, había una imagen que le obsesionaba: que la vida era como el arco que marca el sol en el firmamento. 

Es decir, entre los 35 y los 40 años, la vida humana llegaría a su cénit, al mediodía. A partir de ahí, empezaba la tarde y es inútil vivir como si fuera aún por la mañana. Según lo veía, lo que ocurría era que el sol (perdonadme por seguir alargando la metáfora) dejaba de «derramar su luz» en el mundo y recogía sus rayos para iluminarse a sí mismo. Tiene su enjundia: no puede entenderse como un decaimiento, sino como un momento de encontrarse con quien realmente somos. 

 Lo interesante es que Jung no hablaba solo de viejos y jubilados. Hablaba de cuarentones. Con 54 años, es posible que ni siquiera hubiera salido de la crisis de la mediana edad. 

El problema es que la idea envejeció mal (je). En 1961, mientras estudiaban con datos de adultos de 50 a 90 años en Kansas City, Elaine Cumming y William Henry desarrollaron la llamada ‘teoría del desenganche’. A partir de entonces ‘envejecer’ sería entendido como una retirada mutua e inevitable entre la persona y la sociedad. Algunos lo han llamado «ensayo general de la muerte». 

O sea, en Cumming y Henry sí que hay un decaimiento. Y lo cierto es que la teoría ha sido muy criticada. Hoy, a efectos prácticos, se considera desacreditada. Sobre todo, porque nos dimos cuenta de que los mayores no estaban más tristes que los jóvenes. 

Lo explicó Laura Carstensen. Esta psicóloga de Stanford se dio cuenta de que el mundo estaba lleno de gente que había tenido pérdidas muy reales que, contra el estereotipo, mostraba un bienestar emocional relativamente alto. 

Para ella la clave (que llamó selectividad socioemocional) está en otro sitio: en que todos llevamos, de una forma u otra, la cuenta de lo que nos queda. Cuando creemos que es mucho, priorizamos explorar, crecer e invertir; cuando creemos que nos queda poco priorizamos sentirnos bien, cuidarnos y protegernos.

¿Pero eso no es, sencillamente, hacerse mayor? Pues no. El ejemplo clásico que se suele poner es que si a un joven de 20 años le preguntas con quién pasaría los siguientes veinte minutos, sus respuestas son muy amplias (y suelen ser en torno a «explorar»). Si le pides que imagine que se va a mudar, sus respuestas se van rápidamente al segundo modo. 

Así que sí, Jung acertó con lo que pasa, peor no en el por qué pasa. Y eso, a la hora de enfrentarnos a ello, es fundamental. 

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Lo que Carl Jung puede enseñarnos sobre envejecer bien: «Deberíamos saber que hay un proceso interno e implacable que fuerza a restringir su vida»

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Javier Jiménez

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