Xataka – Hordas de turistas han encontrado el espectáculo perfecto de Venecia: literalmente, orinar en el mismo baño
En 1961, el artista italiano Piero Manzoni selló 90 latas metálicas pequeñas asegurando que contenían sus propios excrementos y las vendió como obra de arte bajo el nombre “Merda d’artista”. Décadas después, algunas de aquellas latas alcanzarían cientos de miles de euros en subastas y se convertirían en uno de los ejemplos más famosos de cómo el arte contemporáneo puede transformar lo escatológico en objeto de culto.
Venecia y su atracción más extraña. La Bienal de Venecia suele venderse como el gran escaparate del arte contemporáneo mundial: pabellones nacionales, instalaciones monumentales, debates políticos y artistas intentando captar la atención de cientos de miles de visitantes. Sin embargo, este año la ciudad ha terminado encontrando su gran fenómeno en algo mucho más absurdo y escatológico.
Mientras cientos de miles de turistas recorren los canales y exposiciones, las colas más largas no están frente a los pabellones de Estados Unidos, Rusia o Israel, sino delante de dos baños portátiles azules instalados en el pabellón austríaco. Allí, los visitantes son invitados literalmente a orinar para mantener viva una performance humana. La idea, desarrollada por la artista y coreógrafa Florentina Holzinger, ha convertido algo tan mundano como un baño químico en una de las experiencias más comentadas, incómodas y virales de toda Venecia.
Un sistema surrealista. La instalación “Seaworld Venice”, presentada por Austria, funciona como una especie de circuito cerrado entre turistas, residuos y cuerpos humanos. La orina recogida en los baños pasa por un complejo sistema de filtrado antes de ser bombeada hacia un enorme tanque transparente donde una mujer desnuda permanece sumergida durante horas respirando mediante una máscara de buceo.
A pocos metros, otra habitación exhibe depósitos de heces y tuberías llenándose de aguas residuales marrones mientras visitantes, artistas y curiosos observan el proceso con una mezcla de fascinación y repulsión. No solo eso. El pabellón entero ha sido parcialmente inundado y completado con escenas deliberadamente excesivas: hay mujeres desnudas girando sobre motos acuáticas, performers escalando estructuras metálicas giratorias y espectáculos musicales casi apocalípticos en medio de la laguna veneciana. Todo ello bajo una (i)lógica que mezcla ecología, decadencia corporal y provocación visual extrema.
Arte y viralidad. La gran ironía de esta edición de la Bienal es que muchas de las polémicas políticas y culturales que parecían destinadas a monopolizar la conversación terminaron eclipsadas por unos simples baños químicos. La muerte del comisario principal del evento, las tensiones por la presencia de Rusia e Israel o las críticas a los pabellones estadounidenses han quedado en un segundo plano frente a las interminables colas para participar en esta suerte de “orgía urinal” de la obra austríaca.
Incluso artistas históricamente asociados al escándalo, como Maurizio Cattelan (famoso por instalar un váter de oro macizo en el Guggenheim), aparecieron orbitando alrededor de una instalación que convirtió literalmente el pis de los turistas en parte central de la experiencia artística. Si se quiere también, la situación resume perfectamente una realidad incómoda del arte contemporáneo actual: en una época dominada por redes sociales, viralidad y turismo masivo, la capacidad de una obra para generar conversación y selfies puede acabar siendo tan importante como su contenido conceptual, o algo así.
La provocación como lenguaje. En cuanto a la artista, Holzinger lleva años construyendo su carrera precisamente sobre esa frontera entre espectáculo grotesco y reflexión artística. Sus obras anteriores incluían monjas patinando, performers suspendidas mediante ganchos incrustados en la piel o escenas de incontinencia simulada relacionadas con el envejecimiento. En Venecia vuelve a utilizar fluidos corporales, desnudez y situaciones incómodas como mecanismo para romper tabúes y obligar al público a reaccionar.
Sus defensores sostienen que bajo el escándalo existe un discurso serio sobre la relación humana con los residuos, la contaminación, la fragilidad ambiental de Venecia y la obsesión contemporánea con la pureza. La propia inundación parcial del pabellón austríaco pretende funcionar como referencia al aumento del nivel del mar y a la vulnerabilidad de una ciudad construida sobre el agua. Para lograrlo, el equipo tuvo que colaborar incluso con ingenieros medioambientales y especialistas técnicos para diseñar un sistema de filtrado capaz de operar sin dañar el histórico edificio de 1934.
Cuando ir al baño es la noticia. La escena final resume perfectamente el tono surrealista de esta Bienal. Mientras algunos pabellones nacionales permanecían prácticamente vacíos y otros eran consumidos por protestas políticas o debates diplomáticos, cientos de visitantes seguían esperando turno para entrar en unos baños portátiles convertidos accidentalmente en la gran atracción de Venecia de estos días.
En una ciudad saturadísima de turismo, colas y experiencias diseñadas para ser fotografiadas, la instalación austríaca terminó funcionando casi como una caricatura perfecta de la propia Bienal: masas de personas desplazándose para participar voluntariamente en una performance escatológica convertida en fenómeno cultural global. Venecia, una ciudad acostumbrada desde hace siglos a vivir del espectáculo y de la fascinación extranjera, acaba de descubrir que incluso algo tan básico como ir al baño puede transformarse en una experiencia artística capaz de eclipsar a medio mundo del arte.
Imagen | Wolfgang
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Hordas de turistas han encontrado el espectáculo perfecto de Venecia: literalmente, orinar en el mismo baño
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Miguel Jorge
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