Xataka – «Estoy agobiada, he metido muchas cosas en el mismo día»: hemos convertido nuestras vacaciones en fenómenos estresantes
Era el primer día de las vacaciones de C. y estaba desaparecida del chat de WhatsApp que tiene con sus amigas. Apareció al final del día y, por supuesto, la conversación se orientó hacia qué tal había ido su jornada inaugural del tiempo de desconexión. «Conste que estoy agobiada», confesó, «porque he decidido meter muchas cosas en el mismo día». Su primer día de descanso y relajación se le había hecho cuesta arriba, casi como uno de trabajo. Estaba repleto de tareas.
Lo cierto es que su experiencia está lejos de ser rara y más bien se está convirtiendo progresivamente en la tónica de las vacaciones y los viajes. En los últimos años, se han publicado estudios que apuntalan la idea de que nos estamos llevando el estrés y el agobio del día a las vacaciones. En parte, es porque sucumbimos ante los rankings y las listas de cosas que se deben hacer, los must. En otra, es porque la cultura de la productividad ha empezado a conquistar el dolce far niente. Cada vez es menos niente y más una gincana de actividades.
Así, un 69% de la población reconoce que «siente la presión de hacer que cada día de vacaciones cuente», según una encuesta global que realizó este verano la empresa MyIQ. Las vacaciones arrancan ya con la lista de los deberes, por muy contraintuitivo que parezca.
«Es el gran error de nuestro moderno siglo XXI», confirma al otro lado del teléfono el psicólogo Ismael Dorado, secretario de organización de la Sociedad Española para el Estudio da Ansiedad y el Estrés (SEAS). «Las vacaciones se inventaron como una forma de crear una ruptura en nuestro sistema de todo el año, para tener un tiempo que nos podemos dedicar precisamente a nosotros, a nuestra familia y a nuestros amigos», recuerda. Es todo lo contrario a la productividad, es el momento para no hacer nada, algo que, apunta Dorado, sí es bien útil.
«No puedes volver sin haber visto…»
Sea el David en Florencia, la Mona Lisa tras pelearse con una muchedumbre agolpada en una sala del Louvre de París o el cruce de Shibuya en Tokio para hacerse una foto en, al final, un paso de cebra. El mundo está lleno de lugares que se deben ver, en los que hacerse la foto y a los que añadir un check en la lista de cosas que tenías que hacer.

En realidad, nada de esto es tan nuevo. El Gran Tour que los aristócratas británicos hacían en el siglo XVIII y que se considera el punto fundacional del turismo moderno ya se basaba en seguir una lista de lugares imprescindibles, tanto que ya estaba turistificando lo que hoy es Italia antes de que se hablase de ese concepto. Y las primeras agencias de viaje que aparecieron en el siglo XIX, como Thomas Cook, lo hicieron con la promesa de vender visitas al sitio justo, al lugar que merecía la pena ver.
Lo que ha traído el siglo XXI ha sido una masificación de esos lugares de destino y, sobre todo, una aceleración de esta tendencia. Hace unos años, un análisis de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) ya hablaba del «turismo frenético«, marcado por una sobreplanificación del verano que llevaba a una agenda repleta de visitas. No se deja ni tiempo para un café (a menos, claro, que sea en una cafetería que se debe ver) y el planning acaba generando estrés y agotamiento.
Las redes sociales tienen mucha culpa en todo esto. Por un lado, se viaja para hacer la foto y compartirla, tanto que ya en 2018 un análisis de publicaciones en Instagram confirmaba que la gente acaba haciendo las mismas fotos de sus vacaciones. Este mismo verano, un estudio de la multinacional turística TUI concluye que 4 de cada 10 personas ya va a sitios concretos por la foto (y un 37% sufre la presión de hacer que su viaje parezca emocionante cuando lo comparten luego en redes sociales).
Por otro, los propios social media se han convertido en el vehículo para viralizar espacios y para generar FOMO. El 43% de los encuestados del estudio de TUI reconoce que hizo un viaje porque lo vio en alguna publicación. Fue porque salía en redes. Ser viral en TikTok se ha convertido en la palanca para el éxito de un destino, tanto que puede sobrecargarlo. Le ha pasado desde a un pequeño pueblo gallego, Redes, hasta al propio Japón.
Cultura de la productividad en la maleta
Pero lo cierto es que las listas de lugares obligados y su eco en redes sociales no están solas en esto. Si las vacaciones han empezado a generar estrés es también porque se está filtrando hacia el tiempo de descanso la cultura de la productividad. El boom de las workation (cuando trabajas desde tus vacaciones) fue un primer signo de alerta. Ahora, se estná comenzando a gestionar las expectativas vacacionales y los calendarios de los viajes como si fuesen un planillo laboral. Hay que sacarle lo máximo a cada hora.

Volviendo al estudio de MyIQ, se está pivotando desde preguntarse al final de las vacaciones si se disfrutó a hacerlo por «si se aprovechó correctamente cada oportunidad». Las estadísticas de su muestra identifican el patrón: un 63% de las personas con las que hablaron les confesó que dedica más tiempo a planificar su viaje que a escoger a donde ir y un 57% que ante una tarde de no hacer nada en el destino vacacional se siente culpable. Al final, acabamos hasta haciendo cosas que no nos interesan tanto porque sentimos que deberíamos vivirlas (le pasa al 38%). También terminamos pasando menos tiempo en cada sitio porque nos preocupa perder demasiado tiempo en un lugar (42%).
Como apunta Dorado, esta obsesión por la productividad está muy conectada con la hiperconectividad. No nos despegamos del smartphone y ahí llevamos todo, desde nuestros perfiles sociales a nuestro mail, incluso a veces el de trabajo. Nos pasamos el viaje contando cosas a nuestros amigos y familiares en WhatsApp.
Esa hiperconectividad ha creado una cultura de hiperpresentismo de la que no logramos sacudirnos durante las pausas veraniegas. «Se llega a pensar que ser productivo todo el año está relacionado con el estatus, con mantener ese nivel de ser capaces de hacer cosas», explica el experto. Por eso, no conseguimos dejar de pensar en el trabajo ni en vacaciones. A veces, la culpa es del propio trabajo, pero otras, indica Dorado, no. «No viene porque la empresa o el negocio se lo marque, se lo marcan ellos mismos».
Todo esto ha creado una cultura compleja. Sientes que no puedes desconectar del trabajo porque, si lo haces, estás haciendo algo mal. Pero también lo hemos extrapolado a la vida personal. ¿Sentimos que si no cumplimos con la lista de los diez sitios top hemos fracaso? «Exacto», señala el psicólogo.
En paralelo, en muchas ocasiones generamos expectativas desbocadas al viaje, como usarlo de terapia o como experiencia que cambiará la vida (una nota de prensa de IAB Spain hablaba en 2024 del gran boom del «turismo de transformación»). Cuando eso no se cumple, frustrarse casi parece normal.
Volver agotados de un veraneo estresante
Si las vacaciones se convierten en fuente de estrés, si las regimos por una planificación militar y nos obsesionamos con exprimirlas al máximo, el retorno a la rutina resultará agotador. El 48% de los encuestados por MyIQ asegura que vuelve necesitando un día para recuperarse. En el cierre de la campaña de verano del año pasado, solo 1 de cada 4 españoles reconocía haber descansado.

«Siempre digo que, muchas veces, convertimos las vacaciones en un estrés permanente», lamenta Dorado, que defiende el no hacer «nada». «Yo tengo un plan magnífico diseñado con mi esposa: tomarnos unos vinitos y unas raciones y disfrutar de la playa. Y no me llevo ningún libro que tenga que ver con mi trabajo», reconoce con humor. «Qué trampas nos pone la mente, preguntándonos cuánto estamos aprovechando el tiempo en vez de preguntarnos si nos estamos recuperando a nosotros mismos, dedicándonos tiempo a relajarnos, a tranquilizarnos, a pensar», reflexiona.
Dorado recomienda dejar la productividad para cuando es necesaria y defiende llevarse de vacaciones «la antiproductividad». Desconectar es fundamental. «La hiperproductividad es una trampa agotadora. Yo muchas veces les digo a mis pacientes que no se olviden de que dentro de la tumba no se coge el WiFi».
Romper con esta inercia y recuperar las vacaciones como espacio para descansar es posible. Justo otra de las tendencias de este verano está siendo las staycations, quedarse en vacaciones en casa y no hacer nada. Lo harán el 52% de los estadounidenses y en cierta medida los franceses, entre los que ha caído el porcentaje de quienes viajarán. La razón no es tanto una apreciación por la salud mental y la antiproductividad vacacional como lo es la economía. La incertidumbre geopolítica y la escalada de los costes han llevado a que se replanteen las vacaciones. Pero, quizás, esta sea también una oportunidad para reencontrarse con el potencial de simplemente desconectar, no llenar las horas con cosas que se deben hacer.
Imagen | Annie Spratt, Pieter Benedictus, Yuya Uzu, Raquel Fereshetian, Olenka V
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«Estoy agobiada, he metido muchas cosas en el mismo día»: hemos convertido nuestras vacaciones en fenómenos estresantes
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Raquel C. Pico
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