Xataka – Ella sola mató a 309 enemigos. Luego Stalin la envió a Washington
Mató a 309 soldados enemigos en apenas diez meses. Entonces Stalin tomó una decisión que parecía incomprensible: retirarla del frente y enviarla a Washington. La Unión Soviética había descubierto que su mejor francotiradora podía convertirse también en una de sus armas diplomáticas más eficaces, una misión que la llevaría de los combates de Sebastopol a la Casa Blanca en pleno momento decisivo de la Segunda Guerra Mundial.
De estudiante de historia a mujer más temida. Cuando Alemania lanzó la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética en junio de 1941, Liudmila Pavlichenko estudiaba Historia en la Universidad de Kiev. Años antes había comenzado a practicar tiro deportivo casi por orgullo, después de escuchar a un vecino presumir de su puntería y decidir demostrar que una mujer podía disparar igual de bien.
Aquella afición la llevó a formarse como francotiradora mientras trabajaba en una fábrica de armamento, aunque el Ejército Rojo no estaba dispuesto a admitir mujeres en unidades de combate. Solo después de insistir y demostrar su habilidad con el rifle consiguió incorporarse a la 25.ª División de Fusileros, iniciando una carrera militar que cambiaría su vida y la convertiría en una leyenda.
Diez meses bastaron. Su bautismo de fuego llegó cerca de Odesa, donde abatió a dos soldados enemigos a larga distancia y comenzó una progresión casi imposible de creer. Durante las campañas de Odesa, Moldavia y, sobre todo, el asedio de Sebastopol, Pavlichenko acumuló 309 bajas confirmadas, entre ellas al menos 36 francotiradores alemanes y de otros ejércitos del Eje.
La cifra pudo ser incluso superior, ya que cada muerte necesitaba un testigo para ser validada oficialmente. Su capacidad para camuflarse, esperar durante horas y disparar con precisión la convirtió en una pesadilla para la Wehrmacht, que llegó a dedicar recursos específicos para localizarla y eliminarla antes de que siguiera diezmando a sus tropas.

Alemania intento comprarla y terminó temiéndola. La fama de Pavlichenko llegó rápidamente al otro lado del frente. Según relataría más tarde, soldados alemanes utilizaron altavoces para intentar intimidarla, le ofrecieron chocolate, un supuesto rango de oficial y mejores condiciones si desertaba, e incluso amenazaron con despedazarla «en 309 pedazos», una referencia directa a las bajas que ya había acumulado.
Lejos de impresionarla, aquellas amenazas confirmaban que su reputación había cruzado las líneas enemigas. Durante los combates sufrió varias heridas y continuó luchando mientras pudo, convencida de que cada disparo evitaba que más civiles y soldados soviéticos murieran bajo el avance nazi.

Stalin comprendió que su mejor arma no era un rifle. En el verano de 1942 una grave herida causada por metralla cambió el rumbo de su carrera. Sin embargo, el motivo por el que desapareció del frente fue mucho más estratégico que médico. La Unión Soviética atravesaba uno de los momentos más delicados de la guerra y Stalin necesitaba desesperadamente convencer a Estados Unidos y Reino Unido de abrir un segundo frente en Europa occidental para aliviar la presión alemana sobre el Ejército Rojo.
Fue entonces cuando tomó una decisión sorprendente: retirar a la francotiradora más eficaz del país y convertirla en embajadora de la causa soviética. Había matado a 309 soldados enemigos, y ahora debía intentar cambiar el rumbo de la guerra con discursos en lugar de disparos.

Pavlichenko (en el centro) con el juez Robert Jackson (a la izquierda) y la primera dama de Estados Unidos, Eleanor Roosevelt, en Washington D.C. en septiembre de 1942
Del frente de Sebastopol a la Casa Blanca. A los 25 años, Pavlichenko se convirtió en la primera ciudadana soviética en visitar la Casa Blanca. Allí fue recibida por Franklin D. Roosevelt y estableció una estrecha amistad con la primera dama, Eleanor Roosevelt, quien la acompañó durante una gira por Estados Unidos y posteriormente por Canadá y Reino Unido.
Ante auditorios repletos explicó cómo era combatir en primera línea y lanzó un mensaje que pasaría a la historia: «Tengo 25 años y ya he matado a 309 ocupantes fascistas. Caballeros, ¿no creen que llevan demasiado tiempo escondiéndose detrás de mi espalda?». Aquella frase resumía perfectamente la misión encomendada por Moscú: presionar a los aliados para que aceleraran su participación militar en Europa.

Esperaban una celebridad, encontraron una soldado. El viaje también puso de manifiesto el enorme choque cultural entre ambos países. Mientras Pavlichenko hablaba de trincheras, bajas y estrategia militar, buena parte de la prensa estadounidense parecía más interesada en su aspecto físico. Algunos periodistas le preguntaron si utilizaba maquillaje antes de combatir, cómo llevaba el pelo o si su uniforme resultaba demasiado poco femenino.
Su respuesta se convirtió en otra de las grandes citas de la Segunda Guerra Mundial: «No hay ninguna norma que lo prohíba. Pero ¿quién tiene tiempo para pensar en empolvarse la nariz cuando ahí fuera se está librando una batalla?». En otra ocasión mostró su indignación porque criticaran la longitud de su falda militar y respondió que llevaba aquel uniforme con orgullo porque estaba manchado con la sangre del combate, mientras otros parecían preocuparse más por la ropa que por la guerra.
Ni heroína invencible ni simple icono de propaganda. La imagen pública de Pavlichenko fue utilizada intensamente por la propaganda soviética, algo que ha llevado a algunos historiadores a debatir hasta qué punto el Kremlin explotó su figura. Sin embargo, ese uso político no resta valor a unos méritos militares ampliamente documentados. Formó parte de las aproximadamente 2.000 mujeres francotiradoras que sirvieron en el Ejército Rojo durante la guerra, de las que apenas unas 500 sobrevivieron al conflicto.
Tras regresar de su gira internacional entrenó a nuevos tiradores, terminó sus estudios universitarios y trabajó como historiadora para la Marina soviética, aunque nunca logró desprenderse del todo de las secuelas físicas y psicológicas del frente, agravadas por la muerte de su pareja durante la guerra y por problemas de alcoholismo que marcaron sus últimos años.
Su misión más importante. Liudmila Pavlichenko falleció en 1974 convertida en una de las grandes heroínas de la Unión Soviética, condecorada con numerosas medallas y recordada incluso en canciones y películas. Sin embargo, su historia va mucho más allá del impresionante número de enemigos abatidos. En un conflicto donde millones de soldados combatían con fusiles y cañones, Stalin comprendió que aquella joven ucraniana podía servir mejor a su país hablando desde un escenario que escondida entre las ruinas de Sebastopol.
Pocas trayectorias resumen tan bien la Segunda Guerra Mundial como la suya: primero aterrorizó a la Wehrmacht desde la mira de un rifle y, después, intentó convencer al mundo de que la guerra solo podía ganarse si las democracias occidentales dejaban de mirar y empezaban a luchar.
Imagen | Wikimedia, Library of Congress
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Ella sola mató a 309 enemigos. Luego Stalin la envió a Washington
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Miguel Jorge
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