Xataka – El problema invisible del embarazo tiene nombre. Una de cada 20 mujeres lo sufre en silencio: “es como estar en un tren del que no puedes bajarte”

El problema invisible del embarazo tiene nombre. Una de cada 20 mujeres lo sufre en silencio: “es como estar en un tren del que no puedes bajarte”

En 1992, la Princesa Diana de Gales, rompió uno de los grandes tabúes de su época al revelar su bulimia en el libro Diana: Her True Story. Aquella confesión provocó lo que muchos especialistas llamaron después el “Diana Effect”: miles de mujeres empezaron a pedir ayuda por primera vez al verse reflejadas en alguien que parecía tenerlo todo. Fue una de las primeras veces que el mundo entendió que el embarazo, el cuerpo y la comida podían librar guerras invisibles.

La tormenta perfecta tiene nombre. El embarazo suele presentarse como una etapa de plenitud, pero para algunas mujeres puede convertirse en el escenario perfecto para reactivar o desencadenar un trastorno alimentario. Ese fenómeno, popularmente conocido como pregorexia, no es un diagnóstico oficial, pero sí describe una realidad cada vez más visible: la obsesión por controlar el peso en un momento en el que el cuerpo cambia de forma inevitable. 

Los expertos advierten que alrededor de una de cada veinte mujeres lo sufre durante la gestación, muchas veces en silencio. La psiquiatra Megan Galbally lo resumía en la BBC con una imagen demoledora: “Es como estar en un tren del que no puedes bajarte”. Esa es la esencia del problema: el cuerpo avanza y la mente intenta frenarlo.

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El cuerpo cambia y la mente entre en guerra. Para mujeres con antecedentes de anorexia, bulimia o trastornos por atracón, el embarazo puede reabrir heridas que parecían cerradas. A ese respecto, Elizabeth Claydon, hoy investigadora en salud pública, describe cómo su recuperación se quebró cuando su cuerpo empezó a transformarse. “Sentía que había una batalla entre mi embarazo y mi trastorno alimentario”, explica

Y la frase más dura llega después: “Era como despertarme en un cuerpo que no era mío”, contaba. Esa desconexión corporal es el núcleo psicológico de esta crisis. Lo que para unas es crecimiento, para otras puede sentirse como pérdida absoluta de control.

La presión invisible de engordar. Porque el embarazo obliga a algo que un trastorno alimentario lleva años combatiendo: ganar peso. Y ahí está la bomba. La psicóloga clínica Gemma Sharp lo llama sin rodeos “la tormenta perfecta para un trastorno alimentario”. 

Hormonas, insomnio, cambios metabólicos, emociones a flor de piel y una transformación física acelerada concentran en pocos meses lo que en otras etapas ocurre durante años. Más del 70% de las mujeres embarazadas o en posparto dicen sentirse incómodas con su imagen corporal. El problema es que cuando esa incomodidad se convierte en restricción, purgas o ejercicio obsesivo, muchas ni siquiera se atreven a decirlo.

El coste físico para madre y bebé. Es el momento donde la cuestión deja de ser psicológica y se vuelve biológica. Cuando falta nutrición, el cuerpo materno prioriza al feto y empieza a sacrificar sus propios recursos. Eso puede traducirse en pérdida muscular, deterioro óseo, anemia y complicaciones graves.

Los estudios muestran que anorexia y bulimia casi duplican ciertos riesgos durante el embarazo: sangrados, vómitos severos, abortos espontáneos, bajo peso al nacer y partos prematuros. Y el impacto no termina ahí. Los primeros mil días de vida son críticos para la salud futura del niño, desde su metabolismo hasta su riesgo cardiovascular. La alimentación de la madre es literalmente una inversión biológica a largo plazo.

El posparto: la segunda emboscada. Si el embarazo es la primera gran sacudida, el posparto puede ser aún más brutal. Cambios hormonales, agotamiento extremo, nuevas responsabilidades y la presión cultural de “recuperar el cuerpo” hacen que muchas recaídas exploten justo después del parto. 

La instructora de yoga Courtney Louise lo cuenta con crudezaEl posparto fue mentalmente muy doloroso para mí. Sentía tanta rabia que me iba al coche a gritar. Me sentía atrapada”. Esa sensación de encierro explica por qué un 13% de las madres en posparto cumplen criterios clínicos de trastorno alimentario.

Un problema que casi nadie ve. Lo más inquietante es que sigue siendo un trastorno oculto. Muchas señales se confunden con síntomas normales del embarazo: vómitos, cambios de apetito o preocupación por el cuerpo. La propia Sharp lanza una de las frases más duras en la BBC: “Los cuerpos de las mujeres embarazadas parecen propiedad del mundo”.

Todo el mundo opina, mide, vigila y comenta, pero pocas veces pregunta qué pasa realmente por dentro. Solo un 10% de las embarazadas con bulimia son identificadas correctamente. El resto navega sola, entre culpa y silencio.

La recuperación también puede empezar aquí. Y, sin embargo, los expertos insisten en que este momento también puede ser una oportunidad única para sanar. El embarazo, precisamente porque pone en juego dos vidas, puede convertirse en una motivación poderosa para romper el ciclo. 

La clave, cuentan, es apoyo temprano, sin juicio y coordinado entre obstetras, nutricionistas y psicólogos. Linda Shanti lo resume de forma perfecta: “Todo el mundo tiene un trastorno alimentario a solas, pero nadie se recupera a solas”. Dicho de otra forma, el secreto mantiene viva la enfermedad, y compartirla puede empezar a desmontarla.

Imagen | Pexels

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El problema invisible del embarazo tiene nombre. Una de cada 20 mujeres lo sufre en silencio: “es como estar en un tren del que no puedes bajarte”

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Miguel Jorge

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