Xataka – Cuando los padres de la física cuántica descubrieron las ideas fundamentales de la realidad descubrieron que un jesuita ya había estado allí 200 años antes

Cuando los padres de la física cuántica descubrieron las ideas fundamentales de la realidad descubrieron que un jesuita ya había estado allí 200 años antes

La historia es un clásico de la divulgación científica: 200 años antes del nacimiento de la física cuántica, el jesuita Ruđer Bošković adelantó las ideas centrales de la física del siglo XX: la teoría de campos, el principio de incertidumbre e, incluso, la energía oscura. Lo hizo, además, él solito. 

Lo que hizo Bošković, como señala Héctor Farrés, es increíble. No solo es real e importante, sino que está fuera de toda duda (el mismo Heisenberg lo reconoció en el 58), pero lo que no hizo también. Esto último es, de hecho, lo más interesante. 

Lo que sabía Bošković. En 1758, el jesuita (que era uno de los grandes matemáticos del momento y había ayudado incluso a arreglar la cúpula de San Pedro) publicaba en Viena ‘Philosophiae naturalis theoria redacta ad unicam legem virium in natura existentium‘. En este libro desarrollaba ideas que ya había expuesto casi 15 años antes en Roma: que la materia no estaba hecha de corpúsculos sólidos extensos (como sostenía la física Newtoniana), ni de mónadas metafísicas inextensas (como pensaba Leibniz).

Para Bošković, la materia está compuesta esencialmente por puntos adimensionales que solo existen como puntos de fuerza. 

En esencia, Bošković creía que la ley de Newton del inverso cuadrado era un ‘caso límite’ (para cuerpos planetarios) de una ecuación distinta que regía la relación de todas las cosas que hay en la naturaleza. Solo esa idea de que la escala es importante, de que el comportamiento de las fuerzas podían cambiar radicalmente atendiendo a ella, ya merece pasar a la historia de la física. 

¿Por qué? Porque es la pieza que ayuda a dejar de entender la materia como ‘cuerpos’ impenetrables y permite entender esa impenetrabilidad como un efecto: estaba dando entidad matemática al atomismo. 

Y lo más interesante es que su influencia posterior es real. Está documentada, vamos: hay una cadena de lecturas que nos lleva desde estas ideas a las de William Rowan Hamilton, el precursor más directo de la mecánica cuántica. 

Según parece, Werner Heisenberg, el del principio de incertidumbre, llegó a decir en 1958 que «el notable concepto de que las fuerzas son repulsivas a distancias pequeñas y deben ser atractivas a distancias mayores ha desempeñado un papel decisivo en la física atómica moderna. […] La teoría cuántica del átomo de Bohr puede relacionarse con precisión con este concepto, y el estudio del núcleo atómico durante los últimos treinta años nos ha enseñado que las partículas que constituyen el núcleo, protones y neutrones, están unidas precisamente por una fuerza así». 

No obstante, tampoco hay que exagerar. Como decía Borges hablando de Kafka, los autores crean a sus propios precursores. Es decir, como decía el propio Heisenberg, la obra de Bošković «contiene numerosas ideas que solo han alcanzado expresión plena en la física moderna de los últimos cincuenta años». 

Eran intuiciones geniales que se entienden plenamente a la luz de la física cuántica, pero no semillas que contuvieran lógicamente toda la física del siglo XX en su interior. 

Un error muy común. Demasiado común, de hehco. No solemos acercar a la historia desde lo que ya sabemos y ahí, claro, los parecidos brillan en mitad de la noche. La realidad es que lo que vemos suelen ser ‘pareidolias’: cosas que dicen más de nosotros y del funcionamiento de nuestro cerebro, que de lo que ocurrió en el pasado.

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Javier Jiménez

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