Xataka – 15 minutos de trabajo a la semana y luego a calentar la silla. Leyla Kazim pasó un año sin dar un palo al agua y nadie se percató
Leyla Kazim ha llevado lo de calentar la silla muy lejos. Escritora y presentadora de la BBC, hace unas semanas lo contaba en su Substack A Day Well Spent su experimento, una suerte de ‘La Fiaca‘ de Talesnik aplicado al mundo laboral como Marisa ejecutaba con maestría en ‘El descontento‘ la aguda ópera prima de la brillante Beatriz Serrano, pero elevado a la máxima potencia: un año sin dar un palo al agua en una empresa tecnológica de Londres. No pasó nada.
Ni conflicto ni despido ni descubrimiento, a diferencia del funcionario fantasma de Cádiz que estuvo seis años sin ir a trabajar: fue la propia trabajadora la que cogió sus cuchillos cosas y cerró la puerta por fuera evidenciando de forma cruda y documentada las grietas estructurales de grandes corporaciones y puestos de oficina. Un experimento real sobre los bullshit jobs y el presencialismo.
Que trabaje Rita. En 2013 Kazim pasó un año entero sin realizar absolutamente ningún trabajo para la empresa tecnológica con sede en Londres en la que estaba contratada. Nadie se percató. En 2014 abandonó la oficina definitivamente de forma voluntaria: ni amonestaciones ni despidos procedentes.¿Su truco? Dedicaba el mínimo tiempo posible al cumplimiento de sus obligaciones contractuales, haciéndolo a un nivel lo suficientemente competente como para no levantar sospechas.
El mecanismo era bastante simple: dedicaba 15 minutos a la semana a prepararse las reuniones donde mostraba avances ficticios y mientras tanto pasaba las horas con una hoja de Excel abierta. Ni presupuestos ni cálculos para proyectos: planificaba sus viajes personales. Hacía sus esfuerzos, pero en otros menesteres, los más importantes: los dedicados a una misma.
Por qué es importante. El caso de Leyla Kazim no es una anécdota aislada: esta encuesta de YouGov puso sobre la mesa que el 37% de los trabajadores adultos británicos creen que su trabajo no aporta nada al mundo. Y esto tiene consecuencias: hay investigaciones de las universidades de Cambridge y Birmingham que señalan una relación entre el sentido de propósito en el empleo y el bienestar psicológico. Vamos, que si piensas que tu trabajo no sirve para nada, te quemas antes.
Por otro lado, deja en evidencia los sistemas de control empresarial: si una corporación es incapaz de detectar que uno de sus empleados no trabaja durante doce meses, algo está fallando: las métricas de rendimiento que emplea, sea cuales sea, no funcionan.
Contexto. El experimento de Kazim es una aplicación práctica de los bullshit jobs, o trabajos de mierda, concepto que acuñó el antropólogo David Graeber. Su tesis es tan sencilla como incómoda: entre el 37% y el 40% de los trabajadores en países ricos sienten que su trabajo no sirve para nada. En este sentido, la automatización ha sido parte del problema: según Graeber, en lugar de liberarnos de tareas repetitivas ha dado lugar a la creación de empleos vacíos. Las consecuencias van por partida doble. Para la persona que trabaja, deterioro psicológico: es difícil levantarse cada mañana sabiendo que lo que vas a hacer no importa. Para la empresa y la economía supone un despilfarro de talento y dinero. Pero lo más revelador de la teoría de Graeber es precisamente lo que la escritora ha hecho: quienes ocupan estos puestos lo saben perfectamente y aún así fingen que no. Mantienen las apariencias porque así lo exige el sistema.
A este fenómeno se suma el presencialismo, ese mecanismo cultural que posibilita que los trabajos de mierda pasen desapercibidos: da igual la productividad, lo importante estar en tu silla todas las horas que marca tu jornada laboral. Ya desde 1998 se estudiaba y definía como «la tendencia a permanecer en el trabajo más allá del tiempo necesario para un desempeño eficaz». Cuando una empresa mide visibilidad en lugar de resultados, el presencialismo se convierte en la norma: justo lo que protegió y enmascaró a Leyla Kazim durante un año.
En detalle. Kazim explotó magistralmente ambos fenómenos: por un lado, un puesto de trabajo con funciones tan difusos que reducirlo a lo mínimo imprescindible no generó ningún desequilibrio (lo que Graeber denomina tareas box ticker) y por otro, aprovechó la cultura presencialista de la empresa.
Cabe recordar que hay entornos laborales que de forma consciente o inconscientemente perciben mejor y recompensan a quienes llegan antes y se van más tarde. De hecho, se ha demostrado que hay directivos que muestran predilección por trabajadores presenciales frente a los remotos por sesgo de proximidad. Mientras ella tuviera el Excel abierto, cumpliera su horario y acudiera a las reuniones, la ausencia de esfuerzo pasaba desapercibida.
Lo que aprendió. La conclusión de la ahora presentadora de la BBC es que el trabajo de oficina moderno es algo así como una obra de teatro. Una vez aceptas que tu trabajo no tiene un propósito real y entiendes las reglas del juego, tienes más posibilidades de ganar, que en este contexto implica dedicar el menor tiempo posible a las obligaciones contractuales.
Eso sí, lanza una advertencia: su experimento ni es universal ni lo recomienda. No es lo mismo tener un trabajo de mierda con labores difusas y métricas de rendimiento erradas que alguien cuyo trabajo, aunque sea de mierda, le consume la salud o su margen de maniobra es ajustado. Por otro lado, recordemos que incluso esa percepción de tener un trabajo de mierda acaba pasando factura al bienestar psicológico.
Portada | Vitaly Gariev
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La noticia
15 minutos de trabajo a la semana y luego a calentar la silla. Leyla Kazim pasó un año sin dar un palo al agua y nadie se percató
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Eva R. de Luis
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