Xataka – Este pueblo de Badajoz convirtió el ajo en una industria. Ahora mueve 30 millones de kilos cada año

Este pueblo de Badajoz convirtió el ajo en una industria. Ahora mueve 30 millones de kilos cada año

Hay un pueblo en Badajoz que se apoda “capital del ajo”. Y eso que apenas lo cultiva en su término municipal. Aun así sostiene el empleo de casi todo el pueblo. Aceuchal tiene 5.307 habitantes y 63 kilómetros cuadrados. Poco suelo para una economía agrícola, así que su respuesta fue dejar de depender de tierra propia. El ajo se siembra en otras provincias y vuelve al pueblo, donde se convierte en producto. Así nació esta industria que comercializa más de 30 millones de kilos por campaña. La gran pregunta es… ¿cuánto aguanta un modelo sin campo frente al ajo barato de China y Egipto?

Cómo funciona. El ajo llega en camión. Se pesa y se calibra: elefante, yumbo, extra, súper, flor o primera. Pasa a una nave de secado y a cámaras frigoríficas. Sale en cabeza, en malla o a granel. O como diente pelado y pasta natural. Los clientes: hostelería, cárnicas y fábricas de salsas. ¿Y qué pasa con el ajo negro? El pujante superalimento también se envasa junto al spring violeta, blanco y morado. Al fin y al cabo, solo es ajo blanco fermentado durante un mes a alta temperatura.

¿Sin campo? Menos del 6% se cultiva en el pueblo. Buena parte del ajo se siembra en Ciudad Real, Córdoba, Cuenca y Portugal. Tras la cosecha, regresa a Aceuchal y allí se limpia, clasifica, seca, envasa y distribuye a mercados nacionales e internacionales.

El Ministerio de Agricultura cifró en un 4% la caída de superficie local este año. El gerente de la Cooperativa Extremeña de Ajos lo matiza: nadie abandona, lo que pasa es que los productores se mudan a Castilla-La Mancha, como a Las Pedroñeras (Cuenca) o Balazote (Albacete), o directamente a Portugal.

El dato: 30 millones. Agricultores, empresas, transportistas y almacenes mueven más de 30 millones de kilos cada campaña. En plena campaña, el paro del pueblo ronda el 6% y el desempleo femenino es casi inexistente. El alcalde, Sergio Gordón, dice que en muchas casas trabajan varios miembros de la familia. Hay más de 20 empresas dedicadas al ajo.

En 2020, Ajos Tierra de Barros transformó casi 3 millones de kilos. Tiene 53 socios y facturó cerca de 4,5 millones de euros. En 2021, la Extremeña de Ajos cerró con unos 6 millones, por encima de años anteriores. Después vino el vaivén. En 2023 el cultivo descendió y en 2025, la producción de los asociados de ANPCA cayó cerca de un 15% por causas climáticas y estructurales. En 2026 han mejorado: la asociación habla de excelente calidad y más de 24.000 hectáreas en España.

Piporro. Según el historiador Álvaro Guerrero, todo empezó entre finales del siglo XIX y principios del XX. El término era diminuto para una población agrícola. Los pequeños propietarios buscaron cultivos más rentables que el cereal: ajo, melón o sandía. Fue, dice, un cultivo “de gente humilde que buscaba sobrevivir”.

Los hombres trabajaban las parcelas. Las mujeres confeccionaban las ristras y carellanas. Se vendían de pueblo en pueblo, primero en burro y luego en furgoneta y camión. Llegaron hasta Salamanca, donde el origen “piporro” se hizo famoso. Es el apodo de los vecinos, y también una marca propia: Ajo Piporro. La industria llegó entre finales de los setenta y los ochenta, con empresas familiares. Hermanos García e Hijos, por ejemplo, produce más de un millón de kilos y tiene 25 empleados fijos.

Las malas noticias. En 2020, alrededor del 80 % del ajo exportado salió de China. Egipto y Argentina también aprietan, con costes laborales muy inferiores. Las importaciones de terceros países en la UE crecieron un 128,4% y llegaron a 111.812 toneladas. Mientras, el precio de fitosanitarios, combustibles y fertilizantes subieron más de un 40%.

En marzo, más de 50 representantes de Francia, Italia y España se reunieron en Aceuchal, en plena Feria Internacional del Ajo. Sus peticiones: activar la cláusula de salvaguardia contra China y Egipto, vigilar las importaciones «triangulares» y autorizar más fitosanitarios. Y actualizar el arancel al ajo chino. Son 1.200 euros por tonelada, 1,20 por kilo. Se fijó en 2001 y sigue igual. Dos décadas de inflación lo dejaron tiritando.

ANPCA avisa del riesgo de una “pérdida irreversible” de superficie cultivada. Aceuchal tiene una ventaja: su negocio no depende de su suelo, pero sí de que siga llegando. La FERAJO, que es bienal y va por su cuarta edición, anunció unas cien empresas y firmas de Corea del Sur. Habrá que ver si los acuerdos cortan la sangría, porque el ajo no coagulará todo el mercado nacional.

Curar y matar. Sus compuestos azufrados, como la alicina, han sido largamente estudiados, así como sus posibles efectos: reducción modesta de la presión arterial en personas hipertensas, pequeñas mejoras del perfil lipídico en algunos pacientes con enfermedad coronaria y una posible ralentización de la progresión de la calcificación coronaria con extracto de ajo envejecido. Otro ensayo de 146 participantes también observó menos resfriados durante 12 semanas, aunque la revisión Cochrane consideró insuficiente la evidencia.

Sin embargo, el ajo en Aceuchal tuvo condena: la Inquisición de Llerena juzgó a Josefa la Zarpazos, vecina del pueblo. La acusaron de “diversas fechicerías e sahumerios”. Curaba con hierbas y, sobre todo, con ajo. La leyenda dice que los vecinos colgaron ajos en balcones y ventanas para despistar al inquisidor. Desde 2018, cada noviembre el pueblo lo recrea y lanza miles de ajos contra un inquisidor de mentira. No les faltan, claro.

Imágenes | Ayuntamiento de Aceuchal / Eva Bronzini

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Isra Fdez

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