Xataka – El océano nunca había estado tan caliente un julio: el mar está cambiando para siempre y ya lo estamos notando en nuestra vida diaria

El océano nunca había estado tan caliente un julio: el mar está cambiando para siempre y ya lo estamos notando en nuestra vida diaria

Desde hace más de 50 años, alguien mete un termómetro a dos millas del puerto de l’Estartit, en el Baix Empordà. Siempre en la misma vertical y siempre a las mismas cotas: medio metro, veinte metros, cincuenta, ochenta. Se trata de una de las series «in situ« más largas del Mediterráneo y funciona igual que el primer día.

Lo que han cambiado son las temperaturas. El 7 de agosto de 2026, el termómetro marcó 26 grados en superficie y 24,6 a veinte metros. Eso son, respectivamente,  2,7 y 3,9 grados por encima de lo normal. 

El mundo que conocíamos se está cociendo a fuego lento. Lo ha confirmado Copernicus, pero las consecuencias van más allá de lo que solemos imaginar. 

En primer lugar, el mar está cambiando. El calor, salvo por algún proceso geológico, entra desde arriba y se reparte en lo que llamamos «capa de mezcla». Esta es la porción de agua que el viento y el oleaje agitan y hacen homogénea.

Desde hace años sabemos que la capa está adelgazándose (a un ritmo de pérdida de 0,132 metros al año en toda la cuenca mediterránea) y esto hace que el calor se reparta peor. Sin una capa que ‘proteja’ el fondo del mar, este se vuelve mucho más sensible a las variaciones de temperatura: cada ‘ola de calor’ marina se vuelve un drama.  

Los estudios más exhaustivos señalan que, en esencia, el calor llega más abajo. Es lógico. En el golfo de León, con vientos del sudeste, los investigadores han encontrado subidas de temperatura de más de ocho grados a los treinta metros de profundidad. 

¿Y por qué debería importarnos más allá de la curiosidad? Pues porque si cambia el mar, cambia todo lo que lo rodea. Un mar caliente rompe con la dinámica de brisas nocturnas y costas de clima suave. El aeropuerto de Barcelona promedia 80 noches tropicales al año en la última década. Entre 1950 y 1980, esa media estaba en 19 al año

Esto aumenta la mortalidad (3.832 muertes atribuibles al exceso de temperatura en 2025, un 87,6 % más que en 2024) y, en el fondo, cambia todo lo que rodea la vida en las regiones de Mediterráneo.

Y octubre, claro. Porque, como hemos repetido muchas veces, un mar más caliente es un mar con más energía potencial. Así, cuando el aire frío en altura (las famosas DANAs) llegan a un Mediterráneo ‘hirviendo’, todo se complica. Sobre la DANA del 29-O, Calvo-Sancho, Martín y su equipo calcularon que el calentamiento actual añadió un 22,2% más de energía convectiva disponible, un 12,6% más de eficiencia de precipitación y un 55 % más de superficie bajo umbral de aviso rojo.

Es importante recordar que esto no genera danas de la misma forma que la gasolina (por sí sola) no crea incendios. Solo crea unas condiciones excepcionales para que, cuando llegue la chispa, todo se convierta en fuego. 

Hay muchos más impactos… el más llamativo es el que reciben los ecosistemas marinos. La posidonia retrocede, el mejillón cae (400.000 kilos se perdieron en el delta del Ebro este año), los bancos de peces desaparecen. 

A veces, cuando decimos que el Mediterráneo se está ‘tropicalizando’, lo que viene a nuestra mente son imágenes de playas turquesa, playas de arena blanca y mojitos. No es eso lo que está pasando: es la ‘desertificación’ que nos azota desde hace años, pero en el mar. 

Un fenómeno que, tarde más o tarde menos, va a pasarnos factura.

Imagen | Max LaRochelle

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El océano nunca había estado tan caliente un julio: el mar está cambiando para siempre y ya lo estamos notando en nuestra vida diaria

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Javier Jiménez

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