Xataka – En 1974, España importó dos toneladas de cangrejo rojo americano para acuicultura: 50 años después, la especie es imposible de erradicar
Durante décadas, España convivió con uno de los mayores éxitos de la acuicultura nacional sin imaginar que también estaba alimentando una de las invasiones biológicas más importantes de Europa. Lo que comenzó en los años setenta como un intento de dinamizar la economía rural andaluza acabó transformando humedales, desplazando especies autóctonas y obligando a aceptar una realidad incómoda: medio siglo después, el cangrejo rojo americano ya no puede erradicarse del Guadalquivir.
La apuesta que prometía riqueza. En 1973 y, sobre todo, en 1974, España importó miles de ejemplares de cangrejo rojo americano procedentes de Luisiana con un objetivo muy concreto: impulsar la acuicultura y crear una nueva actividad económica en Andalucía.
La iniciativa, promovida por el aristócrata Andrés Salvador de Habsburgo-Lorena, culminó con la llegada de unas dos toneladas de estos crustáceos a las marismas del Guadalquivir. La idea parecía perfecta: una especie que crecía rápido, era resistente y podía convertirse en un nuevo producto gastronómico y comercial.
Diseñado para escapar. Ocurre que el plan empezó a torcerse muy pronto. Los cangrejos abandonaron las instalaciones de cría y encontraron en el sur de España un entorno ideal para expandirse. Su capacidad para caminar por tierra, excavar galerías de más de un metro de profundidad, soportar largos periodos de sequía y sobrevivir en aguas pobres en oxígeno les permitió colonizar arrozales, canales de riego, ríos y humedales con una rapidez inesperada.
A ello se sumaba una reproducción explosiva, con hembras capaces de poner cientos de huevos en cada puesta y prácticamente sin depredadores capaces de frenar su avance en aquellos primeros años.
España, puerta de entrada a Europa. Con el tiempo, las investigaciones genéticas más recientes han permitido reconstruir el recorrido de la invasión. Los análisis muestran que las dos introducciones realizadas en España, una cerca de Badajoz en 1973 y otra en las marismas del Guadalquivir en 1974, fueron el principal origen de las poblaciones que hoy ocupan buena parte del sur de Europa.
El elevado número de ejemplares liberados proporcionó una diversidad genética mucho mayor que la observada en otras invasiones del mundo, facilitando que el cangrejo se adaptara a nuevos ambientes mientras avanzaba por la península y cruzaba fronteras hacia Portugal, Italia y otros países europeos.

Las consecuencias de un éxito inesperado. La expansión tuvo un enorme coste ecológico. El cangrejo rojo transportaba el hongo responsable de la peste del cangrejo, una enfermedad frente a la que era resistente pero que resultó devastadora para el cangrejo autóctono.
Al mismo tiempo, removía continuamente los sedimentos del fondo, devoraba vegetación acuática, insectos, anfibios y pequeños peces, enturbiando lagunas y alterando por completo el equilibrio de humedales como Doñana. Los intentos iniciales de detener su avance mediante trampas o tratamientos químicos apenas sirvieron para retrasar una expansión que pronto se volvió imparable.
Del enemigo al motor económico. Con el paso de los años ocurrió algo que pocos esperaban. Muchas especies comenzaron a incorporar el cangrejo rojo a su dieta, desde garzas y cigüeñas hasta nutrias o el lince ibérico, mientras que numerosas localidades transformaron el invasor en un recurso económico.
Municipios como Isla Mayor levantaron una potente industria alrededor de su captura y procesado, abasteciendo tanto al mercado español como a países del norte de Europa. La dependencia económica llegó a ser tan grande que, cuando la legislación endureció las restricciones sobre esta especie invasora, hubo que adaptar las normas para permitir que siguiera explotándose bajo condiciones muy estrictas.
50 años después ya no hay marcha atrás. Hoy existe un amplio consenso entre los investigadores: eliminar por completo el cangrejo rojo americano del Guadalquivir ya no es técnicamente viable. La especie ha encontrado un equilibrio permanente con el ecosistema y con la economía de las zonas donde se asentó, hasta el punto de que las estrategias actuales ya no buscan erradicarla, sino limitar sus daños y evitar que continúe colonizando nuevos espacios.
La historia resume como pocas los riesgos de introducir una especie exótica con fines económicos: una decisión tomada en España hace medio siglo sigue marcando el paisaje y la biodiversidad del país varias generaciones después.
Imagen | coniferconifer
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En 1974, España importó dos toneladas de cangrejo rojo americano para acuicultura: 50 años después, la especie es imposible de erradicar
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por
Miguel Jorge
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