Xataka – Hemos convertido la ausencia de exigencia en el bien más caro del mercado. Y lo llamamos silencio

Hemos convertido la ausencia de exigencia en el bien más caro del mercado. Y lo llamamos silencio

Rolls-Royce tiene un departamento de ingenieros dedicados exclusivamente a calibrar cuánto silencio debe entrar en el habitáculo de un Phantom, y de qué tipo exacto. No el silencio absoluto, que descubrieron que genera náuseas y desorientación, sino un silencio específico: un residuo casi imperceptible de sonido de motor que confirma al ocupante que la potencia sigue ahí. Solo que ha decidido no molestarlo. Le llaman «silencio de ingeniería» y cuesta casi más que el motor.

Esto nos da una pista de por dónde van los tiros: el silencio nunca ha salido gratis. Los palacetes tienen muros de metro y medio, los jardines servían de barrera acústica y las óperas se construyen para que ni medio crujido llegue al palco vecino. Lo de que el silencio sea un lujo no es nuevo, es la historia, lo nuevo es que ya no hace falta comprar terrenos para lograrlo. Ahora el silencio se fabrica. Y como cualquier producto fabricado, puede venderse, empaquetarse y mejorarse en la siguiente versión.

El silencio ha sido un efecto colateral del privilegio: los ricos viviendo lejos del ruido porque podían permitirse la parcela y la distancia. Ahora pasamos a un silencio como producto diseñado por ingenieros de sonido. Los auriculares de cancelación activa, un símil más xatakero, no eliminan el ruido sino que lo modelan. Generan la onda inversa calculada exactamente para anular las frecuencias del avión o del barullo de la cafetería.

Es la misma lógica, pero al revés, que usan Volkswagen y otros fabricantes cuando bombean por los altavoces un rugido de motor sintético para que un sigiloso coche eléctrico suene como si tuviese otro motor.

Fabricamos ruido falso para quien quiere sentirse poderoso y silencio falso para quien quiere sentirse a salvo. En los dos casos, lo que se paga no es el sonido o su ausencia, sino la sensación de tener el control sobre él.

Pero el silencio de un Rolls-Royce y el silencio de una llamada sin responder tienen algo en común que va más allá del sonido: los dos son, en realidad, ausencia de exigencia. Y el control, no el silencio, es lo que se ha vuelto un artículo premium.

La versión más cara de la desconexión acústica no es no oír la jarana de la calle, sino ni siquiera tener que responder. El asistente que filtra llamadas, la agenda que decide quién merece tu atención y quién no, la posibilidad de despachar a alguien con un «ya te contactará mi equipo» sin que suene a excusa. Eso no lo venden Apple, ni Bose ni Sennheiser. Se compra con poder.

El ruido, mientras tanto, se ha quedado exactamente donde estaba: en quien no puede permitirse esquivarlo. El vagón silencioso del AVE porque el resto no lo es y ya nadie espera que lo sea, el vecino dando por **** con el taladro a deshoras, las notificaciones del banco que no puedes silenciar por si en algún momento aparece una señal de peligro, el runrún de los grupos de WhatsApp del trabajo (otra epidemia) que dan por hecho que estás disponible un martes por la noche, porque contestar rápido es una obligación de quienes no tienen margen para no hacerlo.

El silencio ha sido gentrificado. Incluso algo más: ha sido convertido en una suscripción. Y como en toda suscripción, en cuanto dejas de pagar, vuelve el ruido.

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Hemos convertido la ausencia de exigencia en el bien más caro del mercado. Y lo llamamos silencio

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Javier Lacort

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