Xataka – Hace 2.000 años los romanos vendían perfumes en palomas de cristal que solo podían abrirse rompiéndoles el cuello

Hace 2.000 años los romanos vendían perfumes en palomas de cristal que solo podían abrirse rompiéndoles el cuello

Pese a sus grandes esfuerzos, las ciudades del Imperio Romano no olían bien y bueno, tiene sentido: vivían en condiciones de alta contaminación fecal y además usaban las heces como medicina. Eso sí, al César lo que es del César: tenían frascos para guardar sus ungüentos y aceites que, como los mejores perfumes actuales, prometían mucho. Sin ir más lejos, los dos frascos que ves sobre estas líneas datan del siglo I d.C, son del Imperio Romano y pertenecen a la colección del MET.

Porque ya desde entonces sabían que el (buen) olor, procedente del ungirse tras el baño en las termas, del incienso de los templos o de los entierros, era algo más: podía ser un lenguaje de estatus, de identidad y de poder. Así que para esos olores necesitaban un recipiente a su altura que convirtiera la tarea de perfumarse en casi un ritual. Por ejemplo, una paloma.

Frascos con forma de paloma. Los ungüentorios de los romanos eran, en pocas palabras, algo así como las ampollas de hoy en día: pequeños recipientes de cerámica o vidrio donde almacenaban aceites, productos comerciales o sustancias para prácticas fúnebres. El vidrio soplado llegó en el siglo I a.C. y 200 años después, los romanos eran unos auténticos virtuosos de la manufactura vítrea tanto en calidad como en cantidad: según el Penn Museum, fabricaban hasta 100 millones de recipientes al año.

Estos curiosos ejemplares zoomorfos en forma de ave y cuyo tamaño cabe en la palma de la mano se hicieron tan populares que constituyen una subcategoría en sí misma dentro de su ungüentario y es frecuente encontrarlo en yacimientos. El modo de uso era prácticamente idéntico a una ampolla: hay que romper ese pequeño cuello para acceder al contenido del interior. En este caso, literalmente, partirle el cuello al ave. Además de por su valor estético, cumplían su objetivo al almacenar ungüentos valiosos: protegía el contenido de la exposición excesiva al oxígeno y ayudaba a dosificar la cantidad vertida.

Por qué es importante. Convertir los frascos de ungüentos en algo más sofisticado con forma de ave constituye uno de los primeros y más llamativos casos de packaging y experiencia de uso (imagínate ese unboxing de un influencer de la época). Tener un frasco de vidrio y además con este tipo de formas era un indicador de estatus, como atestigua el arte de ese periodo, donde vemos a hombres y mujeres perfumados tras una visita a las termas. 

Por otro lado y dejando a un lado la forma, estos frascos son los vestigios de la red comercial imperial: especias procedentes de la India, resinas de Arabia y flores de cultivo local eran empleadas para la elaboración de perfumes y ungüentos. Si además pasan al laboratorio, constituyen una valiosa fuente de datos químicos de la civilización romana y sus costumbres. Sin ir más lejos, un análisis de laboratorio permitió identificar un pachuli primigenio en una muestra en Carmona (Sevilla).

Contexto. Entre esos vidrios zoomorfos la paloma era la estrella: la evidencia arqueológica sugiere que la paloma fue una de las primeras aves domesticadas por el ser humano, de modo que las personas aprendieron sus hábitos y características y la usaron para la mensajería. En el plano espiritual, la introdujeron en sus rituales religiosos y mitología. Así, la paloma era el animal sagrado de Venus y a menudo se la representada en estatuas con una paloma posada en su mano o sobre su cabeza.  

No obstante, esta relación es mucho más antigua: ya en la edad de Bronce, en la Mesopotamia Sumeria, consta la asociación entre palomas y la diosa madre. Guardar perfume en un recipiente con la forma de su animal sagrado es un acto plenamente consciente y coherente.

Sí, pero. Buena parte de estas lecturas de los frascos de vidrio con forma de paloma son hipótesis en base a lo que conocemos de los romanos, pero no lo sabemos con certeza: estos perfumes bien podrían ser para uso cotidiano o para rituales fúnebres. Asimismo, tampoco eran objetos exclusivos de las clases más pudientes: los ungüentarios más sencillos estaban al alcance de las clases populares y sus formas se fueron refinando con el paso del tiempo. En pocas palabras, la paloma podía tener significados distintos en función de quién la tuviera y para qué.

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Hace 2.000 años los romanos vendían perfumes en palomas de cristal que solo podían abrirse rompiéndoles el cuello

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Eva R. de Luis

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