Xataka – El ser humano evolucionó para criar en tribu y dormir a tramos. Hemos intentado hacer exactamente lo contrario y nos está costando la salud

El ser humano evolucionó para criar en tribu y dormir a tramos. Hemos intentado hacer exactamente lo contrario y nos está costando la salud

Son las tres de la madrugada, la luz de un vigilabebés de última generación parpadea en la oscuridad y una madre, exhausta, intenta por todos los medios que su hijo vuelva a dormirse para lograr, al fin, esas ansiadas ocho horas de sueño del tirón. La habitación está llena de comodidades, pero ella siente un nudo en el estómago. Está rodeada de tecnología, pero se siente más sola que nunca.

Si uno pregunta en su grupo de amigos o en cualquier foro de internet cómo de agotadora es la crianza actual, la respuesta es unánime: «Es extremadamente agotadora y constante». Sin embargo, la ciencia y la historia nos dicen que nuestros antepasados probablemente no sufrían este nivel de privación de sueño, ni mucho menos esta soledad asfixiante.

Y aquí entra la gran paradoja de nuestra era. Podríamos pensar que el problema es la falta de implicación masculina, pero los datos muestran un panorama distinto. Como explicamos recientemente en Xataka, los padres millennials dedican hoy aproximadamente cuatro veces más tiempo al cuidado de sus hijos que los padres de la generación del baby boom. En países como España, las políticas han dado un salto histórico al equiparar los permisos de paternidad y maternidad a 19 semanas. El padre, cultural y legalmente, está en casa.

Entonces, ¿por qué los progenitores siguen al borde del colapso? La respuesta no está en la falta de voluntad, sino en nuestra biología: estamos librando una batalla perdida contra millones de años de evolución. El ser humano evolucionó para criar en tribu y dormir a tramos. Nuestra sociedad moderna nos exige exactamente lo contrario, y nos está costando la salud.

El fin de la tribu y del sueño ancestral

Para entender qué nos ha pasado, debemos mirar al pasado. Tal y como explica a la BBC la antropóloga evolutiva Sarah Blaffer Hrdy, la especie humana jamás habría sobrevivido si las madres no hubieran contado con «alopadres» —abuelas, tíos, hermanos mayores y otros miembros de la comunidad— para cuidar de unos bebés que nacen siendo extremadamente inmaduros. Los estudios en poblaciones tradicionales lo confirman: en grupos de cazadores-recolectores como los de la cuenca del Congo, los bebés pasan gran parte del día en brazos, y los cuidadores alternativos a la madre proporcionan hasta el 43% del cuidado directo del bebé.

Pero no solo la tribu se ha desvanecido; también hemos alterado nuestra forma natural de descansar. De hecho, la idea de que debemos tener un sueño ininterrumpido de ocho horas es un «invento moderno», ya que antes de la Revolución Industrial y la llegada de la luz artificial, el patrón biológico de la humanidad era el sueño bifásico o segmentado: las personas dormían un primer tramo al anochecer, se despertaban durante la madrugada durante un par de horas (que aprovechaban para charlar, rezar o cuidar del fuego), y volvían a dormirse hasta el amanecer.

En las sociedades industriales de hoy, despertarse a las tres de la mañana se diagnostica como insomnio y genera una profunda ansiedad. Sin embargo, cuando los investigadores examinan a las tribus de cazadores-recolectores actuales —cuyos patrones de sueño duran entre 5.7 y 7.1 horas y están llenos de microdespertares— descubren algo fascinante: ellos no lo consideran un problema.

La epidemia de soledad y la carga mental

Esta ruptura con nuestro pasado evolutivo está teniendo consecuencias devastadoras. En diferentes investigaciones hablan de que estamos ante una verdadera epidemia de aislamiento: hoy en día, el 65% de los padres se sienten solos, una cifra que se dispara al 77% en el caso de las familias monoparentales.

Esta «soledad clínica» no es solo una tristeza pasajera. Está disparando los Trastornos Perinatales del Estado de Ánimo y Ansiedad (conocidos en inglés como PMADs), que según investigaciones médicas afectan hasta al 17.7% de las madres en todo el mundo. La falta de apoyo y el aislamiento aumentan el riesgo de depresión y problemas cardiovasculares. En sus casos más extremos, las causas psiquiátricas (incluyendo suicidios y sobredosis) se han convertido en una de las principales causas de mortalidad materna. Una losa que aplasta de forma desproporcionada a las familias monoparentales, a las personas racializadas o a aquellas en riesgo de exclusión y con estrés financiero, que carecen de recursos económicos para externalizar esos cuidados.

Y de puertas para adentro, el espejismo de la igualdad en la pareja sigue cobrándose su peaje. Aunque el padre moderno «ayude» más que nunca, la «carga mental» —la planificación, concepción y anticipación de las necesidades familiares— sigue recayendo de forma aplastante sobre las mujeres. La investigadora Eve Rodsky lo define a la perfección: las madres actuales actúan como «directoras de un proyecto» donde sus parejas son, a menudo, «amables subalternos» a la espera de instrucciones. El resultado es un burnout (síndrome de desgaste profesional) aplicado a la crianza.

Curiosamente, esta hiperpresencia parental, nacida de la ansiedad, está dañando también a los más pequeños. Los llamados «padres helicóptero», que sobrevuelan cada movimiento de sus hijos para evitarles frustraciones, están impidiendo el desarrollo neurológico de su corteza prefrontal (encargada de resolver problemas). Como advierten los estudios, esto ha provocado que los ingresos psiquiátricos de adolescentes por trastornos de ansiedad y depresión se disparen de forma alarmante.

El veredicto de la ciencia

Si buscamos culpables a esta epidemia de cansancio, la ciencia nos da una pista clave. En las sociedades modernas, entre el 10% y el 30% de las personas convive con el insomnio crónico. Pero si nos fijamos en comunidades actuales de cazadores-recolectores (como los Hadza, los San o los Tsimane), ese problema prácticamente es un mito: apenas roza el 2%. El investigador de la Universidad de California (UCLA) Jerome Siegel lo resumió muy bien en las páginas de Scientific American: el problema es que hemos borrado del mapa los reguladores naturales del sueño. Al vivir encerrados, ya no dejamos que nuestro cuerpo sienta el descenso nocturno de la temperatura, un freno biológico indispensable para descansar.

Por su parte, David Samson, antropólogo evolutivo entrevistado por la BBC, defiende que es nuestra expectativa rígida del sueño perfecto lo que nos fatiga. Samson convivió con la tribu Hadza en Tanzania y comprobó que sus integrantes consideran que su sueño «es bueno» pese a despertar frecuentemente. En lugar de levantarse, encender luces y mirar el reloj, simplemente aceptan los despertares como algo natural.

Esta visión enlaza con la propuesta de James McKenna y Lee Gettler, antropólogos de la Universidad de Notre Dame. Como explican en su propio estudio, han acuñado el término breastsleeping (una fusión de lactancia y sueño). Argumentan que, biológicamente, la madre y el bebé lactante son un «sistema integrado», y que compartir la cama de forma segura, combinado con la lactancia, es la norma evolutiva que podría aliviar enormemente el agotamiento materno, al evitar que la madre tenga que desvelarse por completo en cada toma.

La búsqueda de la nueva tribu

Ante unos estándares inalcanzables impulsados por el escaparate de las redes sociales —donde un uso superior a las dos horas diarias duplica las probabilidades de aislamiento social—, ha comenzado una silenciosa rebelión.

Miles de mujeres están rechazando la tiranía de la perfección encarnada en la «Madre Tigre». Surge así el perfil que algunos medios y sociólogos han bautizado como la «Madre Beta» o «Tipo C»: progenitoras que toleran el desorden doméstico, flexibilizan los menús infantiles y relajan el control sobre las agendas de sus hijos. Más que una moda, los psicólogos interpretan esta renuncia estratégica como un mecanismo de supervivencia y una respuesta directa a la asfixia de la crianza hiperintensiva.

Y puesto que la demografía moderna ha liquidado las aldeas y alejado a las familias extensas, los especialistas subrayan la urgencia de construir redes de apoyo alternativas. Organizaciones como The Good Project apuntan a las escuelas, los grupos de apoyo entre pares y las asociaciones vecinales como los únicos sustitutos viables para forjar comunidades con valores compartidos que asuman, en parte, ese rol «aloparental» perdido.

Como ilustra la revista International School Parent al analizar la hiperparentalidad, la crianza actual se asemeja a un funambulista. Si los progenitores cruzan la cuerda floja sosteniendo ininterrumpidamente la mano del menor, este nunca desarrollará su propio equilibrio. La labor parental, advierten los educadores, no debe ser la mano que asfixia, sino la red de seguridad que espera abajo. En términos de desarrollo neurológico, a los hijos hay que dejarlos caer.

A la luz de las abrumadoras tasas de burnout, soledad y ansiedad clínica que recogen las estadísticas, los expertos concluyen que el modelo de núcleo familiar aislado es biológicamente insostenible. Rebajar los niveles de autoexigencia y abandonar la ficción de que podemos criar solos —y durmiendo del tirón— ha dejado de ser un debate sobre estilos de crianza para convertirse en una cuestión de salud pública. La ciencia es clara: exigir a un cerebro diseñado para la tribu que sobreviva en la soledad de un piso moderno no es un avance, es una negligencia evolutiva.

Imagen | Photo by Jessica Rockowitz on Unsplash

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El ser humano evolucionó para criar en tribu y dormir a tramos. Hemos intentado hacer exactamente lo contrario y nos está costando la salud

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por

Alba Otero

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