Xataka – Llevamos toda la vida hablando de los «tiempos inmemoriales» como si fuese un pasado remoto. Pues es un año concreto

Llevamos toda la vida hablando de los "tiempos inmemoriales" como si fuese un pasado remoto. Pues es un año concreto

Lo habrás escuchado mil veces. Alguien está hablando de una costumbre, una tradición, un hábito muy arraigado y de repente, para subrayar esa idea, asegura con pompa que se remonta a «tiempos inmemoriales». Es probable que también tú hayas pronunciado esa coletilla más de una vez. Lo que quizás no sepas es que lo de «tiempos inmemoriales» no nos retrotrae a un pasado lejanísimo y difuso del que no queda constancia escrita, sino a una fecha muy concreta y no tan remota: el verano de 1189. Es decir, hace algo menos de 840 años.

Para entenderlo hay que viajar a la Inglaterra medieval.

De leyes y costumbres. Es fácil olvidarlo cuando te ponen una multa, pero vivir en un mundo regulado por leyes claras es una fortuna. Por ejemplo, si crees que tu vecino se ha apropiado de algo que te pertenece sabes perfectamente qué hacer: buscar un abogado, acudir a la justicia y apelar a una legislación que rige por igual para todos. En la Inglaterra medieval la cosa era más complicada. Se impartía justicia, pero de una forma que hoy nos resultaría rudimentaria.

«Hasta 1275 el derecho en la Inglaterra altomedieval estaba en constante evolución y se basaba en gran medida en la idea del uso prolongado, la costumbre y los decretos reales», explica Amy Irvine en Histoy Hit. «El marco jurídico estaba descentralizado, sin un código legal unificado ni sistemático para todo el país. Las distintas regiones y comunidades contaban con sus propios tribunales locales y se regían por leyes consuetudinarias desarrolladas con el tiempo. Estas normas a menudo no estaban escritas y se transmitían de generación en generación».

Poniendo orden. Con el tiempo ese marco fue evolucionando. Un cambio importante llegó con la ratificación de la Carta Magna de 1215, que ponía ciertas restricciones a la autoridad real. Otro (clave) se concretó en 1275, con el Estatuto de Westminster, un documento que codificó las leyes vigentes en todo el reino. A lo largo de sus 51 capítulos el estatuto aborda temas como la legislación penal, las normas que regulan el comercio o una cuestión que hoy nos puede parecer menor pero en su día juagaba un papel fundamental: los derechos consolidados.

Como recuerda Irvine, durante el reinado de Enrique II (1154-1189), a medida que el sistema legal se consolidaba, cada vez más gente empezó a defender sus derechos, reclamando su legitimidad sobre parcelas o zonas de pastoreo. ¿Qué argumentos usaban? La costumbre. A menudo quien reivindicaba un derecho se apoyaban en que lo disfrutaba desde hacía tiempo. El problema estaba en cómo demostrarlo. El Estatuto de Westminster quiso aclarar ese punto con una solución ingeniosa, una que jugaba con la idea de la ‘memoria’.

Tiempos «inmemoriales». Básicamente lo que hizo el estatuto de 1275 fue dividir la historia en dos grandes bloques, al menos a efectos legales. ¿Qué los dividía? La ‘memoria jurídica’. Por una parte quedó el vasto periodo que pasó a considerarse ‘tiempo inmemorial’. Por otra, el ‘tiempo de la memoria’ válida. 

Hoy quizás nos suene rebuscado, pero tenía sentido a ojos de los ingleses medievales. Por aquel entonces uno de los argumentos que solían emplearse en los juicios por propiedades era la tradición oral transmitida de una generación a otra. Es decir, alguien reclamaba un terreno argumentando que su padre, abuelo, bisabuelo… afirmaban que ya cultivaban en ese solar. El Estatuto de Westminster quiso poner algo de orden en ese guirigay, estableciendo un tiempo de ‘memoria jurídica’, una frontera entre una sociedad oral y otra regulada por escrito.

¿Qué hizo exactamente? «Se convirtió en la fecha de la memoria jurídica», explica Russell Sandberg, profesor de la Universidad de Cardiff, en declaraciones recogidas por IFL. Es decir, estableció un marco al que debía ajustarse cualquiera que quisiera defender que algo ocurría «desde «tiempos inmemoriales».

El cambio también tuvo ventajas importantes para los terratenientes ingleses, que hasta ese momento debían retrotraerse varios siglos atrás, hasta la conquista normanda de 1066, para demostrar la validez de sus títulos de propiedades.

Un año: 1189. La siguiente pregunta es obvia: ¿Qué barrera separaba el tiempo ‘inmemorial’ del tiempo de la memoria jurídica? ¿Qué año marcaba la diferencia? La respuesta es 1189, el año de la coronación del rey Ricardo I de Inglaterra, más conocido como Ricardo Corazón de León. Teniendo en cuenta que el Estatuto de Westminster data de 1275, eso significa que la memoria legal quedó limitada a 86 años, un tiempo razonable para usar los testimonios de padres y abuelos.

El ‘tiempo inmemorial’ pasó a limitarse así (al menos a ojos de la legislación medieval de Inglaterra) a cualquier momento previo al verano de 1189. ¿Cuándo exactamente? No es fácil definirlo. Hay quien pone la frontera exacta el 6 de julio de 1189, el día del ascenso al trono de Ricardo I tras la muerte de Enrique II. Otros lo retrasan hasta su coronación, el 3 de septiembre de ese mismo año.

Leyes… y algo más. Que se escogiese justo 1189 como frontera temporal también tiene una lectura simbólica: al optar por esa fecha, Eduardo I rendía homenaje a sus predecesores, los monarcas Enrique II y Ricardo I, lo que en cierto modo también servía para reforzar su legitimidad en el trono. 

Lo cierto es que la fórmula funcionó y aún hoy se usa con frecuencia el concepto de «tiempo inmemorial», aunque quienes lo emplean no siempre tienen en mente a Ricardo I y la legislación medieval. Para la RAE, por ejemplo, «inmemorial» es aquel tiempo «tan antiguo que no hay memoria de cuando empezó».

Imágenes | Andrik Langfield (Unsplash) y Wikipedia

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Llevamos toda la vida hablando de los «tiempos inmemoriales» como si fuese un pasado remoto. Pues es un año concreto

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por
Carlos Prego

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