Xataka – Los arqueólogos han descubierto que no todas las calzadas romanas llevaban a Roma. Otras ciudades estaban mejor conectadas
La historia antigua no se entiende sin Roma, pero eso no significa que en su momento de mayor esplendor la ‘ciudad eterna’ fuese el ombligo del mundo. No al menos si hablamos de comunicaciones. Tras analizar casi 300.000 kilómetros de calzadas, un equipo de investigadores de la Universidad de Aarhus y la Queen Mary de Londres (entre otras instituciones) han llegado a la conclusión de que, en contra de lo que dice el tópico, no todos los caminos llevaban a Roma.
De hecho advierten que, había otras ciudades mejor conectadas.
Peinando antiguas calzadas. A medida que expandían su influencia por Europa, el norte de África y Oriente Medio, los romanos dejaron un vasto rastro de calzadas, vías que le servían para articular el territorio y (de paso) facilitar el paso de tropas y comerciantes. Los historiadores llevan generaciones estudiando esa maraña de viales, pero pocas veces las han sometido a un análisis tan amplio como el que acaba de desarrollar un equipo de investigadores europeos.
En vez de limitarse a estudiar los trazados región por región o centrarse en aspectos concretos, como la topografía, Adam Pažout y sus colegas han querido obtener una ‘foto’ global de lar ed, reuniendo datos sobre las vías que se repartían por el Imperio. El resultado lo han publicado en Nature Communications, donde tumban de paso algunos tópicos arraigados sobre estas antiguas construcciones. Por si eso no fuera suficiente, lo acompañan de un detallado atlas digital.
Casi 300.000 kilómetros. Prueba de lo ambicioso del proyecto es que los investigadores analizaron casi 300.000 kilómetros de calzadas repartidas por el Imperio. Para ello se han basado en pruebas arqueológicas y documentales, una vasta fuente de información que, si bien es incompleta y no cubre por igual todas las regiones, les ha permitido obtener un resultado fascinante.
Desde la Universidad Queen Mary de Londres hablan de hecho de «la imagen cuantitativa más detallada hasta la fecha de cómo estaba estructurada la red». En su análisis los expertos emplearon el método de «centralidad de red», que les permitió calcular la relevancia de un punto para la conectividad general.
¿Todos los caminos llevan a Roma? Eso es lo que afirma el proverbio, pero no se ajusta a la realidad. Si bien es cierto que la ‘ciudad eterna’ desempeñaba un rol clave en el Imperio, Adam Pažout y sus colegas han comprobado que Roma no era el centro neurálgico de la red de transporte terrestre. «Desde el punto de vista espacial, Roma era un apéndice en el mapa de transporte terrestre del Imperio».
Si nos fijamos en el mapa de las calzadas se comprueba de hecho que Bizancio, la capital de la Antigüedad tardía, ocupaba un lugar «más central» en la movilidad terrestre. En su artículo los investigadores explican que la ciudad conectaba las partes europea y asiática de la red viaria, lo que le confería una posición nodal en el continente. No era la única población que gozaba de ese rol estratégico.
¿Había más? Sí. Y en Nature los arqueólogos citan unas cuantas. «A pesar del proverbio ‘Todos los caminos llevan a Roma’, grandes ciudades como Antioquía, Ancira, Bizancio y Corinto están mejor situadas como puntos intermedios para la movilidad terrestre en todo el Imperio», explican los autores, quienes recuerdan que si bien Roma goza de una posición central dentro de la península itálica, eso no significa que estuviera necesariamente en la ruta más influyente.
En cualquier caso Pažout y el resto de compañeros que firman el estudio advierten de un detalle clave: su trabajo se limita al transporte terrestre, por lo que sus resultados «no pueden considerarse representativos de toda la movilidad del Imperio». Faltan los desplazamientos por vía fluvial y marítima, importante sobre todo para analizar los transportes a larga distancia. Y en ese aspecto, insisten los expertos, Roma sí ostentaba «una posición muy céntrica».
Carreteras rectas (pero no tanto). Los investigadores también tumban otro viejo tópico: la creencia de que las calzadas del Imperio eran simples rectas.
«El estudio muestra que los ingenieros romanos adoptaron la construcción de carreteras al terreno. Si bien preferían las rutas rectas siempre que era posible, las carreteras solían ser menos rectas que las principales vías modernas», añade Pažout. A la hora de trazar los viales, tenían en cuenta las montañas, valles, ríos y asentamientos. Cuando querían atravesar «terrenos difíciles» recurrían a técnicas como la construcción de terrazas, muros de contención, puentes o excavaciones.

Una pendiente controlada. Gracias a ese arsenal de técnicas los ingenieros romanos se las apañaron para que la mayoría de sus calzadas mantuvieran una pendiente inferior al 16%, lo que facilitaba el paso de carros y carretas tiradas por animales. «Curiosamente, las carreteras modernas son algo más sensibles a la topografía accidentada, mostrando una correlación negativa más pronunciada con la altitud que las calzadas antiguas», señala la Universidad de Aarhus.
Comprender su trazado, cómo se decidía y las zonas que atravesaban es importante porque, insiste la universidad danesa, el sistema de calzadas romano no fue una simple infraestructura diseñada para el paso de tropas, gobernantes y comerciantes. Las carreteras facilitaron la difusión de ideas, creencias religiosas (incluido el cristianismo) e innovaciones. También de enfermedades.
Una huella aún visible. Hay otro motivo por el que vale la pena estudiar a fondo la maraña de viales construidos por los romanos. Los investigadores han comprobado que su red guarda «una relación cuantificable» con la infraestructura de transporte moderna casi 2.000 años después. Aunque señalan que ese vínculo es «desigual» y varía de una forma considerable de un lugar a otro, influido por la orografía, la evolución de las poblaciones, los ríos y montañas y los vaivenes que ha experimentado la política y economía a lo largo de los últimos veinte siglos.
«La investigación ha revelado una red sofisticada en la que las capitales provinciales a menudo funcionaban como cruces de caminos vitales, mediando en las comunicaciones terrestres regionales», reflexiona Matteo Mazzamurro, de la Queen Mary de Londres. Ahora quedan otras incógnitas sobre la mesa. Por ejemplo, cómo fueron capaces los romanos de hacer algo fascinante para su tiempo: planificar un sistema de comunicaciones de escala continental.
Imágenes | Carole Radatto (Flickr) y Cayetano (Flikr)
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Los arqueólogos han descubierto que no todas las calzadas romanas llevaban a Roma. Otras ciudades estaban mejor conectadas
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Xataka
por
Carlos Prego
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